La historia del canton de Neuchâtel (Castillo-nuevo, nombre derivado de su orígen feudal) es tambien análoga á la de Ginebra y Vaud, en cuanto á los Francos, el antiguo reino de la segunda Borgoña, las luchas con los condes de Saboya y los Berneses, etc. A virtud de enlaces de familia de los antiguos dominadores de Neuchâtel y Valengin, la casa francesa de Orleans-Longueville poseyó el país como suyo hasta el principio del siglo XVIII. Extinguida entónces esa familia, presentáronse muchos pretendientes, y entre estos el pueblo neuchatelés (ya que por entónces ninguno podia vivir sin señor) tuvo el acierto de escoger al mas lejano, y por lo mismo el ménos, temible: el rey de Prusia, Federico I. Esta dinastía dominó suavemente el principado hasta el principio del presente siglo, en que hubo de cederlo al imperio frances. Napoleon, que entre otras habilidades tenia la muy famosa de regalar Estados y pueblos como cajas de tomar rapé, dispuso del país (en 1805) para constituírle un patrimonio al mariscal Berthier. El tratado de 1814 le dió á Neuchâtel-Valengin un carácter mixto, haciéndolo entrar en la Confederacion helvética como Estado ó Canton libre, y devolviéndolo en su gobierno interior al rey de Prusia. Desde esa época hasta 1848 gozó de una constitucion bastante liberal y benéfica; pero el interes de la independencia arrastró al pueblo neuchâtelés á la revolucion general de ese año; no sin que ántes, en 1831, hubiese estallado una insurreccion que fué reprimida por los Prusianos.

El pueblo se dió en 48 una constitucion democrática ó radical, y aunque el rey de Prusia continuaba llamándose príncipe de Neuchâtel y reclamando sus pretendidos derechos (anulados por el mismo pueblo que se los concediera en 1707) la independencia del Canton era efectiva de hecho y tenia que serlo. En 1857 se suscitó una grave cuestion diplomática que amenazó producir la guerra entre Prusia y Suiza; pero las grandes potencias intervinieron, Francia ofreció su mediacion, y aunque el rey de Prusia conserva su vano título de «príncipe de Neuchâtel,» como otros se llaman «reyes de Jerusalem,» la absoluta autonomía del Canton, como Estado federal, quedó reconocida. El pueblo votó directamente la Constitucion en 1858, y esta rige en el país á satisfaccion de sus habitantes.

Conforme á ella el pueblo es soberano, y se gobierna por sí en los negocios comunales y por el sistema representativo en los generales del Canton, siguiendo reglas análogas á las de Ginebra y Vaud. Todos los ciudadanos son hábiles para los empleos públicos, están sujetos al servicio militar y soportan las contribuciones con igualdad proporcional. La Constitucion abolió las antiguas regalías de los señores feudales, sin perjudicar á los propietarios de tierras, así como los títulos, privilegios y distinciones nobiliarias. Todos los ciudadanos son iguales ante la ley, y la Constitucion les garantiza la libertad absoluta de religion y culto, el derecho de peticion, asociacion, uso de armas y libre establecimiento en el Canton, la libertad de la prensa y la seguridad individual, con el domicilio, la correspondencia y la propiedad inviolables.

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El canton de Neuchâtel es esencialmente fabricante, en términos que su fabricacion es una de las mas valiosas del mundo, relativamente á su poblacion y territorio. En efecto, el Canton fabrica en sus tres centros principales, anualmente, cerca de 300,000 relojes de oro, plata, acero, etc., y un número muy considerable de péndulos, cronómetros y otros instrumentos análogos y de música, física y matemáticas. Tiene ademas numerosas fábricas de papel, telas de algodon impresas, cuchillería, artículos de hierro y cobre, encajes, guantes y otros objetos de bonetería. La sola industria de relojería (introducida en el país en el siglo XVII) ocupa á cerca de 11,000 obreros. La pequeña ciudad de Chaux-de-Fonds produce por sí sola mas de 250,000 relojes; el resto es fabricado en Locle y Neuchâtel.

En seguida de la fabricacion figuran en considerable valor los productos de las viñas (vinos blancos muy suaves y estimados), de la extraccion de maderas en los extensos bosques de las montañas (pinos, abetos, hayas y encinas), de la cria de ganados muy apreciables, en las praderas naturales, y del cultivo de cereales, árboles frutales, etc. El comercio es activo, y el Canton no solo tiene la navegacion de los lagos y buenas carreteras, sino que mantiene comunicaciones hácia Francia y los demas cantones por medio de cuatro ferrocarriles.

Los principales centros del Canton, como he indicado, son: Neuchâtel, la capital, que cuenta unos 10,300 habitantes,—ciudad donde tiene su foco el pequeño partido conservador ó aristocrático; Chaux-de-Fonds, con 14,500, (bonita ciudad que es el centro del radicalismo y de la prensa activa del Canton, y el que sostiene mas extensas relaciones con Francia), y Locle, que tiene 8,800 habitantes. Así, tres localidades nomas reunen el 38% de la poblacion cantonal, hecho que se produce en mayor ó menor proporcion en todos los Estados manufactureros ó fabricantes, donde es inevitable la concentracion de grandes masas de obreros, sobre todo cuando las tierras son escasas ó están en pocas manos. La altura de esas tres ciudades es muy diversa: así, la de Neuchâtel sobre el nivel del mar es de 480 metros en su parte mas alta; miéntras que Locle y Chaux-de-Fonds, situadas en la region montañosa, tienen respectivamente 921 y 1,000 metros de elevacion.

Locle fabrica principalmente relojes y encajes. Chaux-de-Fonds es una ciudad de considerable movimiento y que no pocas veces ha sido el asilo, como Ginebra, de franceses proscritos. Allí se oye sin cesar el ruido de mil martillos y todo es actividad en los talleres y forjas. Acaso sus mayores progresos y su rara perfeccion y prontitud en la fabricacion dependen principalmente de la division del trabajo, llevada allí hasta sus últimas consecuencias. Cada obrero trabaja en una sola operacion, mas ó ménos sencilla, de manera que un péndulo ó reloj representa el concurso de centenares de obreros. Estos trabajan en sus casas por tarea, con taller ú obrador propio, sin descuidar á sus familias y aprovechando el concurso de estas. Su independencia personal es tan evidente como su moralidad. Y sinembargo de esa independencia y division, como un reloj se compone de tan numerosas piezas, su complicacion misma establece la solidaridad ó comunidad de intereses de todos los obreros. Acaso uno de esos relojes es la mejor manifestacion de esa verdad profunda de la armonía de las cosas y las sociedades, que concilla y hace coexistir perfectamente la personalidad del hombre y la solidaridad social, donde quiera que la libertad permite y favorece la plena accion de esa ley de la naturaleza.

En efecto, de esa situacion resulta en Chaux-de-Fonds este hecho notable: que en todo caso una crísis comercial ó industrial afecta igualmente á todos los empresarios y obreros, haciendo comun la desgracia, lo mismo que en los años de prosperidad la ventaja es comun. De ese modo el capital no puede dar la ley al salario, ni viceversa, y sus relaciones son las del interes legítimo fundado en la libre competencia y la independencia y dignidad del trabajo.

Es aquí el caso de indicar un rasgo característico de muchos de los cantones, ó casi todo el pueblo suizo, que ofrece el medio de dulcificar la situacion del obrero en los tiempos de crísis. En Suiza la organizacion política ha seguido el movimiento lógico y natural de las leyes que presiden á la conglomeracion social,—muy al contrario de Francia y otras naciones donde el Estado, absorbiéndolo todo, ha hecho del distrito (que es la realidad) una ficcion puramente administrativa, y de la nacion una causa en vez de un efecto. En Suiza, el comun ó distrito es mas que la base fundamental de la sociedad política, es la sociedad misma. Los distritos, gozando de su autonomía primitiva y natural, se han aglomerado para fortalecerse, formando el Canton ó Estado, y no para limitar ó abdicar su vitalidad propia. Los cantones, despues de muchos años y aun siglos de plena soberanía, armonizando sus intereses bajo el punto de vista de la nacionalidad, se han confederado para estrechar y simplificar sus relaciones, asegurar cierta solidaridad y hacerse respetar como una potencia. Pero en realidad la vida del ciudadano suizo está en el distrito comunal. Es allí donde él se siente realmente soberano (en su parte respectiva), adherido á la sociedad por derechos, deberes é intereses, y miembro activo de una confraternidad.