Friburgo posee unos 10,400 habitantes, de los cuales cerca de 600 son reformados y los demas católico-romanos. Sus barrios altos son verdaderamente curiosos bajo el punto de vista artístico, en términos que la ciudad es una de las mas interesantes de Suiza, en ese sentido. Me detendré solo á bosquejar ó mencionar los monumentos mas importantes.

Desde luego llama la atencion en el Bourg la Catedral ó iglesia de San-Nicolas, edificada de 1183 á 1500,—monumento de algun mérito interior y muy notable en el exterior por su magnífica torre única, aislada sobre el gran portal. Esa torre, de un estilo gótico severo y grandioso en sus formas superiores y que mide 117 metros de altura, es por sí sola un monumento. Es muy notable la portada, cuyos bajos relieves representan el juicio final, cuadro tan favorito de las iglesias de la edad média. El juego de campanas de la torre, de muy variadas sinfonías, es acaso el mejor de Suiza. Pero el interes principal para el viajero está en el admirable órgano de la iglesia, obra del artista Aloys Moser, que no tiene rival en Europa, ni en los famosos órganos de Berna y Harlem. Consta nada ménos que de 7,800 tubos, con 64 registros, y sus proporciones son tan enormes que algunos de los tubos miden 10 metros de longitud.

Nada mas curioso y romántico que un concierto nocturno de ese coloso de plomo. Todos los viajeros y curiosos que quieren oirlo compran sus billetes para cierta hora, de modo que la catedral se convierte en una sala de concierto. En Suiza, como en Bélgica y otros países, los sacristanes especulan mucho con las curiosidades de las iglesias, lo mismo que en Alemania especulan los príncipes y reyes con sus ricos palacios, los pasaportes y las casas de juego.

Eran las ocho de la noche cuando entramos al templo, que se hallaba en absoluta oscuridad. En breve los curiosos ocuparon les asientos; cerráronse las puertas y unos cien espectadores aguardábamos el gran concierto. Los tibios rayos de la luna penetraban horizontalmente por las altas ventanas ogivales, quebrándose en las rejas de alambres y proyectando sobre el inmenso órgano y los arcos, relieves y concavidades de las naves un juego magnífico de sombras irregulares y cintas de luz pálida y suave. Bello contraste con las tinieblas del fondo de la catedral, vasto sepulcro de piedra donde se sentia el reprimido murmullo de los espectadores invisibles! Aquella escena tenia no sé qué de profundamente misterioso y solemne, como una iniciacion masónica ó de iluminados.

De repente estalló un coro de rumores cavernosos que hizo estremecer el aire, despertó los ecos mas severos en la mole cóncava de piedra y nos obligó á todos no solo á enmudecer sino á suspender la respiracion. La montaña de plomo comenzaba á llenar con su voz múltiple todos los senos de la montaña artificial de piedra. El concierto infinito, remedo de todas las interjeciones, los gritos y lamentos de la Creacion, habia comenzado. Durante una hora la inmensa arpa metálica nos hizo oir todos los ecos, los rumores, los cantos, las sinfonías, las detonaciones de esa arpa viviente de millones de cuerdas siempre vivas y vibrantes, que se llama Naturaleza. Tal parecia como si escuchásemos el sublime, el inefable concierto del Sinay.

Ya percibíamos la armonía de coros de voces infinitamente finas, infantiles, como si cantasen cien querubines invisibles desde las profundidades áereas de un mundo beatífico; ya sentíamos la queja lastimera, el gemido amante y profundo, el susurro vago, casi imperceptible, como un soplo del zéfiro. Ora dominaba los ecos el canto religioso de toda una comunidad de monjas ó frailes, que parecia comenzar en el coro mismo y luego alejarse en un interminable claustro; ora el canto de guerra, de caza, de victoria, de muerte, de alegría, de esperanza, de tristeza,—todo alternativa ó simultáneamente y en admirable armonía. Tan presto oíamos el silbido lúgubre del viento, el zumbido de los árboles azotados por la borrasca, el ruido del agua al caer sobre las hojas en tenue lluvia ó en violento aguacero, el estruendo del torrente y la cascada, como la voz del ave que canta, gime ó arrulla, el grito del águila sobre las altas rocas, los indefinibles rumores del bosque umbrío, la vibracion metálica del aire desgarrado por el rayo, los rugidos del huracan y el estallido del trueno retumbante.

Unas veces las voces y los ruidos aturdian como si estallaran sobre los tímpanos; otras se alejaban repentinamente ó iban suavizándose por grados hasta desvanecerse cadenciosamente en un eco vago, infinitamente lejano, como si el sonido se perdiese entre los pliegues invisibles del cielo, en los desiertos y abismos del Océano ó en las profundidades recónditas de una selva americana sin fin. Durante un minuto dominaba sola, como un himno divino, una voz de tenor ó de soprano; luego otra de contra-alto, de mezzo-soprano, de barítono, de bajo profundísimo, ó la explosion de un coro de millares de acentos. Ya se sentia la vibracion clarísima de la cuerda ó de la flauta; ya la del clarin, de la corneta-piston, del tambor ó del estrombon.

Todo lo que la voz humana puede remedar lo remedan aquellas 8,000 gargantas de plomo, animadas por el alma misteriosa de la armonía y el soplo del aire espiritualizado por la magia del artista. Todos los rumores, ecos, acentos, gritos, detonaciones y voces que la naturaleza puede producir en sus mas sublimes y poéticas manifestaciones,—eternos conciertos de vida y trasformacion ofrecidos á Dios,—surgen con todo el vigor onomatópico posible de aquel enorme pulmon metálico que no cesa de respirar torrentes de armonía, multiplicando sus himnos como el Océano multiplica las secretas leyendas de la Creacion que se agita en su seno; y llegando á veces á tan maravillosa pureza de sonidos, que parece como si cada tubo estuviese recitando un verso, un salmo, ó pronunciando distintamente una plegaria, imprecacion ó sentencia.

No léjos de la Catedral vive todavía, en el centro de una plazuela, sostenido por pilastras de piedra y barras de fierro, un venerable anciano de cuatro siglos, que es el monumento mas querido de los Friburgueses. Es un tilo sembrado el dia de la victoria de Morat, en honor del acontecimiento y del combatiente que llevó primero la noticia. Con cuánto amor se sientan al pié del venerable tronco, casi cadáver ya, los hijos de la multitud! Bello y poético culto tributado á la vida, cuatro veces secular!

Cerca de la plazuela muestra su sombría cabeza la Torre-maldita, donde se guardaban los instrumentos de tortura, verdadera irrision de aquel árbol, símbolo de victoria y emancipacion. Muy cerca tambien están: la Casa de la ciudad, el hotel ó Palacio del gobierno cantonal y la graciosa iglesia de Nuestra-Señora. Ese templo y los demas que existen en los barrios altos se distinguen por su estilo del Renacimiento, sumamente recargados en su interior de mármoles, dorados, relieves y mil adornos que tanto abundan en todas las iglesias donde los Jesuitas han puesto la mano. Como su sistema consiste en deslumbrar y seducir con exterioridades, decoraciones y cosas de aparato, que hacen de cada templo un teatro religioso y de las ceremonias del culto verdaderas representaciones,—sistema muy eficaz sobre el espíritu curioso del infante, la mujer y el anciano, y que pervierte el sentimiento religioso,—los Jesuitas prodigan siempre en sus iglesias los mármoles, dorados y adornos, las decoraciones y banderolas de colores vivos, las pinturas muy animadas, en fin todo lo que tiene colorido y brillo, lo que atrae, seduce y somete el sentimiento religioso á la fascinacion artística, excluyendo la meditacion, evocando lo mundanal y favoreciendo la táctica de la casuistica. No hay país de Europa que yo haya visitado donde estas observaciones no hayan sido confirmadas sin excepcion: en Francia como en España, en Suiza como en Bélgica, en Austria y en toda la Alemania. Es preciso reconocerlo: el Jesuita es un animal muy hábil para su negocio. Por eso, nada hay que él deteste tanto como la sencillez elocuente, sombría, desnuda y solemne de las catedrales ó iglesias góticas.