La larga dominacion que los Jesuitas ejercieron en Friburgo, hasta 1847 ó 48, léjos de propagar la instruccion en el pueblo la concentró en un estrecho círculo, entretuvo á las masas en la mas deplorable ignorancia, y solo sirvió para mantener en auje las ideas de la casuística, el espíritu aristocrático, la rutina en todo, el culto de lo superficial en religion, el monopolio de la luz, y principalmente el de la riqueza. Friburgo es acaso (relativamente) el canton que ha tenido mas conventos (16 ó 17), y es casi el único en donde he encontrado mendigos y gentes ociosas, desaseo, incuria y muy poco espíritu de empresa. ¿Será que las instituciones monásticas llevan consigo, como consecuencias forzosas, los hábitos de mendicidad, pereza, rutina y humillacion y el estancamiento de las aspiraciones libres y elevadas?

Entre las instituciones de Friburgo hay una muy curiosa que no he hallado en ninguna otra nacion de Europa: la ley obliga á todo propietario de casa ó edificio á asegurarla contra incendios y otros accidentes, y el Gobierno cantonal es el asegurador que especula con el monopolio de la empresa. Esa institucion que, bien comprendida, ampliada y aplicada de otro modo sería fecunda (porque en el fondo hay una grande idea), tal como existe en Friburgo no es sino un monopolio socialista y del peor socialismo posible. Por lo demas, las rentas del Canton, que se equilibran con los gastos, alcanzan á unos 90,000 pesos anuales, producto de las aduanas (pues en Suiza cada canton tiene las suyas), de los bienes cantonales, los impuestos indirectos y sobre las bebidas, los sellos, correos y peajes, y el monopolio de la sal y la pólvora. De toda aquella suma no se invierten 2,000 pesos en favor de la instruccion pública, que está bajo la direccion de la autoridad! Pero en compensacion el Canton, que es pobre, ignorante y atrasado, tiene la ventaja de que le canten responsos y maitines 325 clérigos seculares y 450 frailes y monjas distribuidos en 17 conventos…. El guarismo no es tan pequeñito para 106,000 habitantes, que ocupan apénas un área de 1,400 kilómetros cuadrados.

Por fortuna, despues de 1847, se ha trabajado en las vias de comunicacion, aunque no en grande escala, y el ferrocarril que se está concluyendo de Losana á Berna, pasando por Friburgo,—obra de una compañía franco-suiza,—desarrollará notablemente la riqueza y prosperidad del Canton.

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El panorama de Friburgo, contemplado desde el lado opuesto del Sarina, hácia la via que conduce á Berna, es admirablemente pintoresco y gracioso. Allí falta el doble marco de las montañas y los lagos que les da su interes principal á Ginebra, Neuchâtel y otras ciudades. El encanto está todo en la situacion, los relieves, los contornos el aspecto propio. Me detendré á describir á Friburgo porque pocas ciudades ofrecen tan extraño contraste como esa entre sus formas generales y sus rasgos interiores. Situada á 628 metros de altura sobre el nivel del mar y de 60 á 90 sobre el fondo del vallecito del Sarina, la ciudad ocupa la planicie ondulosa de una colina que, rodeada en mas que semicírculo por su lindo rio, tiene, por sus colosales barrancas abruptas, todo el aire de una estupenda fortaleza. En la planicie misma el terreno se levanta hácia el N. N.-O. en otras colinas, produciendo una demarcacion notable en la ciudad, en términos que en muchos puntos las callejuelas que ligan los dos barrios altos (el Bourg ó la Villa y las Plazas ó planicies) no son otra cosa que escaleras pendientes, estrechas y del mas extraño aspecto.

Pero la ciudad, sintiendo la atraccion del rio y su valle, ha derramado en cierto modo sus edificios y sus extravagantes callejuelas sobre uno de los flancos de la colina peninsular, y descolgándose así por medio de un barrio suspendido sobre el abismo, casi aéreo, en que cada casa parece un relieve del peñasco calizo,—el barrio del Auge,—Friburgo ha llegado al fin, asentada sobre su roca y con la cabeza en las colinas secundarias, á sentar un pié sobre las playas del Sarina; creando así el barrio moderno y de la industria,—la Villa-nueva. Por tanto la comunicacion entre los barrios altos y el bajo, entre la cima y el fondo del abismo, no tiene lugar sino por una via, en extremo curiosa, que luego describiré.

Desde el sitio que he indicado como el mejor para contemplar á Friburgo, se admira un paisaje encantador. Al frente se destaca la masa de la ciudad, sin perspectiva de calles, porque los edificios están como amontonados sobre el borde de la barranca, cual si quisiesen todos mirarse, por los huecos de sus innumerables balcones y ventanas, en las ondas azules y trasparentes del fondo del abismo, y aspirar las brisas de las campiñas de la márgen derecha. Al pié de la ciudad, arrancando desde la orilla izquierda, trepa el cordon de sólidas murallas y torreones antiguos, como un enorme brazo que Friburgo extiende desde sus alturas para cerrar la puerta á todo escalamiento. En las suaves colinas que coronan el barrio de las Plazas se alza el grandioso Pensionado (edificio que perteneció á los Jesuitas) asentado sobre su terraza de verdura, y detras se destacan el Liceo, la hermosa torre de la Catedral (cuyo juego de campanas da sus conciertos grátis á cada hora) y las humildes torres de algunas otras iglesias.

En el Bourg la cintura de edificios parece formar un segundo baluarte, como si el de la enorme roca no fuese bastante,—baluarte de formas caprichosas, cuya desnudez contrasta con los huertos llenos de verdura que yacen en el fondo del valle y trepan hácia la mitad de la barranca. Allí caracolea el Sarina (dominando por un soberbio puente colgante), límpido, murmurante y risueño. En el fondo tambien se alcanza á ver, en el vértice del ángulo que forma el rio, el extremo de la Villa-nueva, donde arrojan sus columnas de humo algunas fábricas y se hallan los molinos y las tintorerías. Levantando la vista sobre las colinas del E. S.-E., que dominan la márgen derecha del rio, se ven sobre alfombras de grama los mas alegres bosquecillos y huertos, y senderos caprichosos cavados en las peñas, y luego se extienden hasta perderse en el horizonte lejano de los Alpes berneses, bajo un cielo sereno y dulce, lustrosas praderas donde pacen los ganados de cria y alegres campiñas donde medran las mieses y numerosos grupos de árboles frutales.

Si se mira la península ó roca de Friburgo por el lado opuesto, es decir situándose en la parte superior del rio, el aspecto es enteramente distinto. La ciudad se presenta allí sin solucion de continuidad pero con muy extrañas formas. Es un torrente de casas extravagantes que se desploma desde la cima, como si fuese una catarata de peñascos en lugar de ondas y chorros de agua. En el fondo del valle, que mide á lo sumo 300 metros de latitud, las calles de la Villa-nueva son irregulares, caprichosas, húmedas, de formas modestas ó vulgares. Allí no encontrais sino tenerías, molinos, tintorerías, etc.; pero eso tiene vida, tiene la alegría del valle. Arriba, en todo el flanco de la enorme roca, no se ve sino un palomar habitado por hombres, que parece estar siempre á punto de derrumbarse de un momento á otro. La calle del Camino-corto (si es permitido llamar calle aquel desfiladero) es el centro y la via principal de ese barrio. Desde el borde de la barranca, dominado por la Torre-maldita, hasta el fondo del valle, desciende una cuesta ó callejuela sumamente empinada y compuesta de varios centenares de escalones al aire libre, paralelos á un pasadizo análogo de madera. Ambos forman un caracol de encrucijadas violentas, orilladas por casas y casuchas del mas sombrío, revuelto, sucio é inextricable aspecto. De trecho en trecho desembocan otras callejuelas trasversales mas estrechas, que son otros tantos desfiladeros escalonados sobre el abismo. Los techos de las casas correspondientes á la callejuela mas baja sostienen literalmente los cimientos de la inmediatamente superior, esta apoya á los de mas arriba, y así sucesivamente hasta la cima. De ese modo se produce un laberinto de construcciones empatadas unas en otras, y el barrio entero no es otra cosa que una estratificacion discordante, ó un monton de peñascos artificiales habitados como cavernas.

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