Lo primero que llama la atencion al recorrer las calles principales de Berna, elegantes, limpias y muy animadas en lo general, es la curiosa estructura de sus viejas arcadas en la gran via central y otras adyacentes. Casi todo lo que la ciudad tiene de mas curioso y característico se encuentra reunido en la parte central. Casi todas las calles giran paralelamente de oriente á poniente, en la direccion de la península, cortadas generalmente en ángulos rectos; y los edificios tienen todos mucha analogía en sus formas y el color pardo de sus piedras. Todas las calles están surcadas por cañerías cubiertas que proveen las fuentes públicas de aguas abundantes y puras, y esas fuentes tienen todas cierto carácter que las hace muy curiosas, por las figuras de caballeros antiguos y animales feroces que representan. La gran calle central es interesante bajos diversos aspectos: allí todas las casas reposan ó se avanzan sobre extensas y sombrías arcadas de mampostería ó bastiones muy macizos, de unos ocho piés de latitud y muy bajas, donde circula todo el mundo á cubierto del sol y de las lluvias. Es allí donde están aglomeradas las tiendas de comercio, exhibiendo en gracioso desórden todos los objetos mas notables de la industria bernesa. Como la calle misma sirve de mercado en ciertos dias, y allí se encuentran casi todos los hoteles ó fondas de la ciudad, se produce un movimiento social que abunda en interes, colorido y variedad.

En efecto, por una parte llama la atencion el cruzamiento de diligencias, ómnibus y sillas de posta que llegan á cada momento á derramar á las puertas de los hoteles y de la casa de Correos y Postas sus contingentes de viajeros de todos los países, correspondientes por lo mismo á los mas diversos tipos. Por otra, interesan mucho al extranjero los grupos de campesinos que estacionan á orillas de la calle y al derredor de las fuentes, vendiendo sus frutas y provisiones: gentes de fisonomías candorosas y amables, sobre todo las mujeres, ataviadas del modo mas original. Las campesinas en casi todo el Canton, y las mujeres de las clases subalternas en la capital, se hacen notar por un vestido que no carece de algunas analogías con los que se usan en Holanda, pero que en Suiza es infinitamente mas gracioso. Como los tipos mas elegantes y curiosos los vímos en Interlaken y Grindelwald, reservo la descripcion de esos vestidos nacionales para el capítulo siguiente.

Si el movimiento de las gentes que circulan en la calle es curioso en un sentido, el de las que hormiguean bajo las arcadas y visitan las tiendas no es ménos entretenido Allí se codean: el indolente y espiritual frances, haciendo comentarios que revelan su eterno buen humor; el inglés vestido como un dandy, grave, tieso, altivo, maravillado de todo lo que ve, pero muy reservado en sus manifestaciones el aleman de las ciudades, locuaz hasta el prodigio, armado de su enorme pipa de porcelana y tubo de madera por donde arroja torrentes de humo, descuidado, brusco y casi primitivo en sus maneras, pero bondadoso y amable hasta hacerse perdonar sus toscos modales; la bernesa elegante, de rubia y hermosa cabellera, pero de fisonomía poco expresiva y belleza muy dudosa; en fin, el negociante activo, negligente en el vestir y preocupado solo con sus compras ó ventas.

Cada tienda es en realidad un pequeño museo, desde la de relojes superiores, cronómetros é instrumentos de precision, ó de bonitas joyas de las fábricas nacionales, hasta la tienda que no contiene sino canastos de todas las formas y tintas imaginables, ó muñecas y juguetes de toda clase. En una de esas tiendas no encontrareis sino encajes y bordados primorosos de produccion nacional, ó sombreros muy finos y elegantes de paja blanca ó amarilla, ó canastillas de obras de arte. En otra vereis solamente estampas, grabados y mapas en relieve que os ofrecen la fiel reproduccion de todos los panoramas suizos, de todos los tipos y monumentos nacionales, y las vistas en fotografía, ó grabadas ó iluminadas con esmero, ó al óleo, de todos los paisajes interesantes, las ciudades, los lagos, las montañas, etc.; ó bien encontrareis inagotables surtidos de curiosidades artísticas del Oberland, tan graciosas, originales ó tentadoras, que el mas repleto bolsillo corre buen riesgo de quedar vacío en veinte minutos, si el viajero no sabe reprimir su entusiasmo por todas esas futilezas primorosas. En fin, si os interesan las ciencias naturales, hallareis tambien almacenes donde comprar las mas variadas colecciones de muestras de cristales, mármoles, etc., álbums de flores y plantas disecadas, cuadrúpedos y aves hábilmente preparados para los museos, y mil otros objetos que el viajero curioso se complace en recoger donde quiera.

Berna es una ciudad bastante considerable, al ménos en proporcion al país, y por su poblacion es la tercera capital de Suiza, despues de Ginebra y Basilea. En 1860 tenia Berna 29,010 habitantes, casi en su totalidad de raza germánica, de los cuales solo 1,500 eran católicos. Relativamente a sus proporciones es una capital muy rica en establecimientos públicos estimables, entre los cuales citaré la Universidad, el Liceo académico, el Gimnasio literario, la Escuela politécnica, la Escuela de sordo-mudos, el Observatorio astronómico, una hermosa Biblioteca de la ciudad con 40,000 volúmenes y 1,500 manuscritos, la Biblioteca medical (7,000 vol.), el Jardin de plantas, y un excelente museo mixto de historia natural, mineralogía y cuadros de pintura: todo eso por lo que hace á la instruccion pública, sin contar las escuelas primarias y algunas pensiones particulares.

Si atendemos á los institutos de beneficencia y de servicio oficial de la ciudad ó del gobierno cantonal, son muy notables: el Arsenal cantonal, con una hermosa coleccion de armas y armaduras antiguas, el Banco de préstamos, la Caja de aseguras contra incendios, la Casa de moneda, que acuña tambien para muchos otros cantones de la Confederacion, la Casa de reclusion ó de forzados, en que caben 400 detenidos y que es una de las mejores de Europa, en su género, la Casa criminal de detencion, el Granero público de la ciudad, la Fábrica de pólvora, cuyos productos son de los mejores de Europa, y en fin algunos bellos hospitales ricamente dotados.

Esa abundancia de establecimientos públicos excusa en cierto modo una extravagancia peculiar de los Berneses, que no carece de originalidad como símbolo del sentimiento nacional. Me refiero al Hoyo de los osos, encanto y orgullo de los ciudadanos de Berna. En esa ciudad tropieza uno con un par de osos de piedra á la vuelta de cada esquina, al pié de las fuentes públicas, de la estatua de Bertoldo V en la plaza de la catedral, y en cuantos lugares ofrecen ocasion para ostentar el símbolo tradicional, como en las puertas de la ciudad y las fachadas de los monumentos ó edificios oficiales. Pero los Berneses, cuyo nombre les da parentesco con los osos, no se han contentado con tributar culto al animal, en pintura ó escultura. La ciudad mantiene con sus rentas tres ó cuatro grandes osos negros, en una fosa circular situada en la márgen derecha del Aar, y la manutencion de los feroces brutos le cuesta no poco dinero al vecindario. Todas las tardes vecinos y forasteros corren á contemplar á los salvajes prisioneros, admirar sus gracias é inteligentes evoluciones de todo estilo, y obsequiarlos, según la predileccion de cada cual, con bizcochos y golosinas. Cada oso tiene su nombre y sus partidarios: los Berneses los admiran con deleite como maravillas, y el extranjero que se atreviese a burlarse de la institucion, ó á injuriar á un oso ó negarle sus méritos, sería mirado como enemigo del país y del honor nacional.

La industria de Berna es notable por su fabricacion de armas de fuego superiores, instrumentos de precision, máquinas y aparatos, sombreros finos de paja, papeles y cueros curtidos. En cuanto á sus monumentos, aparte de las curiosidades del Lauben (la calle de las Arcadas) lo mejor de la ciudad es: su bella y muy elegante catedral gótica, el espléndido palacio federal (donde funcionan los Poderes de la Confederacion), y el puente de Nydeck, sobre el Aar, obra de arte bien notable, de granito y gres, que costó 600,000 pesos. La catedral tiene todo su mérito en el exterior, ó mejor dicho, en la fachada y su torre única, de 62 metros de altura, de un gusto delicioso y muy seductor. Ese interesante monumento data del siglo XV y muestra las tendencias de trasformacion ó transicion hácia el Renacimiento que dominaron generalmente en la arquitectura gótica de ese tiempo. Como la catedral está destinada al culto reformado, carece en el interior de todo atractivo, y su desnudez no es disimulada sino por una serie de escudos heráldicos alusivos á la historia de Berna y un órgano monumental que casi rivaliza al de Friburgo.

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CAPITULO X.