La colina ó eminencia de Schlossberg, cubierta de viñedos en su base y de graciosos bosquecillos en la parte superior, se encuentra en uno de los extremos de la ciudad, sirviendo de límite al pintoresco y fértil vallecito del Dreisam, y es uno de los paseos mas frecuentados por los freiburgueses. El camino trepa la montaña, caracoleando por entre los viñedos y pabellones de verdura, y desde el punto culminante, sobre las ruinas del antiguo Castillo, se puede contemplar uno de los mas bellos panoramas de Alemania.
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CAPITULO II.
ALGO DE LA FRANCIA ALEMANA.
Kehl.—Un portero frances.—Estrasburgo.—La campaña alsaciana.—Una familia francesa en el campo.
Desde Freiburgo hasta Kehl la llanura badense desplega todas sus galas de ricos y variados matices; el viento, al agitar las sementeras, hace aparecer en las rubias ondas de los trigos, cáñamos y linos la ilusion de numerosos lagos de colores diferentes, y las graciosas plantaciones de tabaco le traen al hijo de Colombia que las atraviesa el dulce recuerdo de la patria.
El tren se detuvo en Kehl, pequeño lugar compuesto solo de una calle, destinado principalmente á figurar como aduana fronteriza y puesto militar, guardando la cabeza alemana del gran puente de barcas que une la ribera badense del Rin con la francesa. Estaban entónces construyendo un magnífico puente fijo, de mampostería y hierro, con tarimas levadizas y defendido por fortalezas en ámbos lados, destinado á ligar los ferrocarriles franceses con los alemanes. La obra ha sido terminada en 1861, y pasa por ser el primer monumento de ese género en la parte continental de Europa. Pero ya que la Francia y la Alemania se resolvieron á enlazar sus ferrocarriles sobre las tranquilas ondas del Rin, han tenido buen cuidado sus gobiernos de tomar todas las precauciones necesarias para poder cerrar el paso ó volar el puente el dia en que la maldicion de la guerra venga á protestar contra ese símbolo de fraternidad, ó por lo ménos de armonía, que se ve en el ferrocarril.
Al llegar á Kehl la policía aduanera y militar nos cayó encima, como era natural, puesto que íbamos á entrar á Francia. «Nadie pase sin hablar al portero», decía Larra, y esto en Francia tenia su aplicacion rigorosa[33]. Todos los viajeros hubimos de entregar nuestros pasaportes y equipajes, y dejarnos encerrar en un ómnibus para pasar el puente bajo la vigilancia de un agente de policía. Estábamos ya en territorio frances, sobre la márgen izquierda del Rin, cuando el portero que guardaba la entrada nos interpeló declinando nuestros nombres:
[33] Despues de 1861 se ha suavizado notablemente el régimen de pasaportes, respecto de los extranjeros.
—Señor y señora, UU. no pueden pasar adelante.