El hotel donde nos hospedamos, situado á poca distancia de la estacion del ferrocarril, se hallaba á un kilómetro de la ciudad, al extremo de una hermosa alameda que sirve en los domingos de paseo favorito. Allí fuímos testigos de una escena de costumbres alemanas, que despues vímos repetirse en toda la Alemania. Nos pareció característica, y por eso quiero describirla brevemente.

Delante del hotel se desarrollaba un inmenso patio, abierto por tres lados apénas, cercado por bajos setos de arbustos y perfectamente sombreado por unos treinta ó mas árboles corpulentos. Debajo de aquel vasto pabellon de verdura se destacaban numerosas mesas de diversos tamaños, unas rústicas y extensas, rodeadas de bancos análogos, y otras algo más decentes y pequeñitas, honradas con una cohorte de silletas. En una de las pequeñitas hicimos servir nuestra comida, aprovechándonos del sans façon que reinaba entre los numerosos grupos del patio.

Hacia ya mas de dos horas que habíamos visto á muchas familias instaladas al derredor de las mesas, formando grupos de una simplicidad patriarcal, por sus vestidos modestos, su conversacion animada y enteramente familiar y su aire de dulzura y bienaventuranza. Pero ninguno de esos grupos mostraba la menor intencion de abandonar el campo. Al contrario, á cada momento llegaban otros, siempre en familia,—los maridos de bracero con sus esposas, los jóvenes solteros con sus hermanas, amigas ó prometidas,—todas joviales, afables, repartiendo saludos á derecha é izquierda y besándose con tal entusiasmo que la cosa parecia un fuego graneado, por pelotones y en guerrilla. Si los bancos ó silletas estaban ocupados, nunca faltaba lugar para los que iban llegando; los cumplimientos y saludos llovian, todo el mundo se acomodaba como podia, y las familias fraternizaban en derredor de una mesa comun.

Al aplicarse la granizada de besos, saludos y apretones de manos, todos los recien llegados llamaban á los sirvientes por medio de signos convencionales. Los mozos del hotel corrian á servir y casi no necesitaban que se les pidiese lo que habian de llevar. El refrigerio habitual era sencillo: pan á discrecion, cerveza y pipas para fumar; y digo pipas, porque el tabaco hace parte integrante en Alemania del régimen de alimentacion. En el centro de cada mesa depositaba el sirviente un monumento de pan ordinario, y delante de cada persona,—vieja ó jóven, masculina ó femenina,—un enorme jarro de peltre con su tapa adherida, lleno de cerveza, el licor nacional, no obstante la abundancia de vinos en el sur, el centro y el occidente de Alemania.

Entónces todo el mundo arremetia con franqueza, y en breve desaparecia el monumento de pan. Cada cual saboreaba con deleite su licor fermentado;—las señoritas y matronas candorosamente, y los hombres acompañando cada libacion con una aspiracion del cigarro ó la pipa y una bocanada de humo espeso y desagradable, tal como lo produce el detestable tabaco que se cultiva en Alemania. A veces dos amigas ó amigos, ó dos cónyuges, bebian en el mismo jarro, alternando con una regularidad matemática. Pero qué algarabía! Todos hablaban á un tiempo, sin tregua ni descanso, en voz alta, con franqueza ruda, cordial y candorosa, y con una rapidez particular, propia de una lengua de palabras compuestas en que cada silaba equivale casi á una palabra de los idiomas latinos, como la palabra misma puede contener toda una frase. Siempre me han llamado mucho la atencion el estrépito de las conversaciones alemanas y la extraordinaria facilidad con que, al juntarse dos ó mas desconocidos, entablan diálogo inmediatamente, como si fuesen viejos amigos. Esa observacion que he hecho en toda la Alemania prueba que en la raza de ese noble país son característicos el candor, la sencillez, la cordialidad, y un espíritu de familia que es el secreto de la unidad moral de ese pueblo despedazado por treinta y tres gobiernos sin armonía ni espíritu de fraternidad.

Volviendo á nuestro gran patio, cuyas escenas observábamos muy atentamente, la atmósfera quedó muy en breve oscurecida por el humo, bajo la sombra de los árboles. La sociedad, según los temperamentos, se clasificó en dos categorías: los comunicativos, y los somnámbulos ó soñadores. Donde quiera que habia mujeres, familias, se charlaba y hacia ruido sin descanso. Donde los grupos eran reducidos y puramente masculinos, los miembros soñaban despiertos: guardaban silencio, que no interrumpan sino de tiempo en tiempo con alguna exclamacion breve: «¡Oh! ¡Ya! », como arrancada mas bien por algun interlocutor imaginario que por los verdaderos; y, embelesados con las espirales de humo de sus pipas, no bajaban á ratos del mundo de los ensueños sino para probar de nuevo la cerveza. ¿En qué pensaban ó con qué soñaban esos graves alemanes? Acaso alguno de ellos, patriota generoso ó gran filántropo, veia al traves de las espirales de humo el Parlamento y la Flota de Alemania, como símbolos de unidad, ó contemplaba á la humanidad redimida y feliz. Talvez otro, inclinado á las investigaciones arqueológicas y eruditas, ó á las especulaciones de la filosofía, se recreaba con la vista imaginaria de algun ladrillo descubierto en las ruinas de Pompeya, ó descifraba un jeroglífico, ó anotaba uno de esos libros preciosos llamados incunables, ó meditaba en los grandes problemas sobre el sér objetivo y los misterios de la Creacion. Quizás combinaba algun sistema todavía nebuloso, ó viajaba moralmente en busca de las fuentes del Nilo, ó calculaba las ventajas que, como futuro inmigrante, podia ofrecerle California, Australia ó la region del Plata.

Terminaré esta incorrecta descripcion recordando un rasgo curioso. El mozo que nos sirvió la comida se mostraba muy admirado, aturdido de nuestra frugalidad, y esto que comímos con gana. Él no comprendia que dos racionales pudiesen comerse apénas la tercera parte de cada porcion servida, quedando satisfechos, ni beberse tan solo una miserable botellita de vino. Los Alemanes, como que son generalmente curiosos, nos miraban con amable extrañeza, á causa de nuestro tipo diferente del suyo, y hacian comentarios sobre nuestra sobriedad, segun nos dijo el sirviente. Despues, en toda la Alemania, tuvimos cien ocasiones de percibir la singular pero inocente glotonería de los Alemanes. Acaso ese defecto no merece reproche, por ser una necesidad del clima ó de las razas setentrionales de Europa, á que no estamos sujetos los hijos de la zona intertropical, en gran parte nutridos por el sol.

La ciudad de Freiburgo, que cuenta poco mas de 16,000 habitantes, es curiosa por muchos motivos y muy interesante como centro de la poblacion católica de Báden. No me detendré á hablar de todas sus curiosidades, porque mi objeto no es escribir un guia de viaje, sino recordar impresiones generales. La estructura de Freiburgo es original, y donde quiera el aspecto de las calles y de las construcciones hace recordar las tradiciones de la edad média; así como la fisonomía de los campesinos que descienden de la Floresta-Negra á la ciudad, en las plazas de mercado, indica la originalidad simpática de la poblacion que vive en las montañas.

Lo que mas llama la atencion en Freiburgo es, la admirable catedral, que es su joya, y la colina llamada SchlossbergMonte-del-Castillo), que ofrece un punto de vista primoroso. La catedral (ó Munster) no tiene rival en Alemania, entre todas las de estilo gótico que han sido terminadas. Aislada como está en el centro de una plaza, al contemplar su masa imponente no se sabe qué admirar mas, si la ligereza y elegancia de sus formas, el atrevimiento de su magnífica torre, ó la imponderable finura y el exquisito gusto de sus adornos ó esculturas, particularmente en el portal principal que sostiene la base delantera de la torre. El edificio entero es de piedra ó gres rojo, lo que le da una tinta singular, en contraste con las manchas negruzcas que el tiempo ha dejado sobre todos los muros y la torre. Ese soberbio monumento, cuyo arquitecto es desconocido, ó muy controvertido por los anticuarios, fué construido de 1122 á 1513. Si el interior es muy interesante por sus grandiosas naves, sus capillas, ornamentos y mil curiosidades artísticas, el exterior asombra y encanta por las superiores estatuas y los complicados adornos del portal, de carácter muy complejo, la originalidad de las figuras alegóricas que se destacan en la base de la techumbre, y las formas singularmente atrevidas de la torre calada. El edificio mide en su totalidad 320 piés de longitud y 94 de anchura, y la torre alcanza la elevacion de 385.

Es profunda la emocion que se siente, en la parte superior de la torre, bajo aquella mole de piedra, que pudiera llamarse trasparente, puesto que desde el fondo del piso se alcanza á registrar con la mirada la vasta campaña de Freiburgo, al traves de los espacios que el arquitecto dejó entre las cintas de gres que, formando como un encaje colosal de filigrana, se reunen en la cúspide, presentando al soplo de los huracanes la construccion mas frágil y delicada en apariencia.