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Me sería imposible hacer una descripcion siquiera sucinta de todos los primores del «Castillo» de Heidelberg, á ménos de escribir muchas páginas que fastidiarían al lector. Aquella ruina extraordinaria no es digna de estudio, en sus pormenores, sino para el artista consumado y el arquéologo. Es en su conjunto y por su significacion general, histórica y social, que el viajero la contempla con pasmosa admiracion y tristeza. Un camino carretero, que serpentea faldeando la montaña, por en medio de magníficos bosques en la parte superior, nos condujo casi hasta la cima, donde se halla el Castillo, á mas de 100 metros de altura sobre Heidelberg y dominando con majestad el abismo de la cuenca del Nékar. Al pasar bajo las inmensas bovedas completamente umbrías del bosque que rodea al Castillo, se siente una especie de recogimiento que prepara el alma á la muda contemplacion de las maravillosas ruinas. Ya se orillan espléndidas terrazas cubiertas de jardines, desde las cuales se tiene un golpe de vista encantador; ya se vaga bajo las espesas alamedas, en un terreno desigual y exuberante de vegetacion, pasando al lado de formidables murallones invadidos por el bosque, de fuentes arruinadas y escombros destrozados, que yacen en la espesura de los tilos, las encinas, etc., como restos de un inmenso cadáver de mármol y piedra.
Al cabo el viajero llega delante de la colosal ruina del Castillo, —enjambre de muros admirables, casi todos sin techumbre, de torres de diversas formas y estilos, de arcos, columnas, restos de estatuas y esculturas primorosas, curiosidades artísticas é históricas, patios diferentes, puentes destrozados, sótanos profundos, balcones y terrazas y laberintos de construcciones de todo género, abrumados por la exuberante vegetacion de árboles gigantescos, coronados de flotantes pabellones de yedra que parecen como la verde mortaja echada por la naturaleza sobre las maravillas del arte para impedir que el tiempo las devore y pulverice…. Donde quiera se ven asomar por entre el follaje de los árboles cien cabezas de mármol, esculturas ó construcciones atrevidas, y admirables relieves y frescos bajo las manchas de la hiedra invasora, como si quisiesen protestar contra el olvido, en nombre de los artistas que grabaron el sello de su inspiracion en cada baldosa, cada estatua, cada piedra y cada monumento de ese enjambre de monumentos que se llama el Castillo.
La historia de esa colosal creacion del arte, que han llamado no sin razón la Alhambra de Alemania, explica perfectamente las circunstancias de su composicion. Era una sucesion de palacios, comenzada por uno de los príncipes ó margraves del país desde principios del siglo XV; cada sucesor fué haciendo agregar una construccion nueva, conforme al estilo de cada época, aunque predominando siempre el italiano, y de ese modo el Castillo era una extraña maravilla, hácia 1680, compuesto de obras que indicaban los progresos del arte en la arquitectura, la escultura, la ornamentacion, etc. El Castillo era al mismo tiempo un conjunto de palacios y una fortaleza, donde se abrigaba la corte de los margraves del Rin y su guarnicion, pudiendo alojar á miles de personas. Durante la guerra atroz de sucesion que hizo Luis XIV al margraviato, por medio del brutal Louvois, de 1688 á 1693, fué destruido ó arruinado casi completamente el Castillo de Heidelberg, como tantos otros de las cercanías del Rin. El cañon implacable del ambicioso rey aniquiló lo que el cincel del artista habia trabajado laboriosamente durante dos siglos y medio. Despues de la guerra, uno de los margraves se propuso reconstruir todo lo arruinado, y lo consiguió, haciendo prodigios de voluntad él y los artistas. Pero la fatalidad parecia pesar sobre aquella maravilla humana: un rayo incendió una de las torres, en 1764; todo el edificio fué al punto devorado por las llamas, en sus partes superiores, y desde entónces no han quedado sino ruinas majestuosas, con los sótanos intactos, las torres y terrazas y casi todos los muros en pié. Solo una parte de la masa del edificio conserva su techumbre, abrigando muchos objetos curiosos.
El espectáculo es tan grandioso y el conjunto de construcciones y primores tan complicado, que no es posible describirlo sin entrar en pormenores detenidos. Lo que el viajero saca en claro de la contemplacion de aquellos prodigios de arte casi aniquilados, es una doble conviccion: primera, que la gloria del artista bien inspirado y hábil es muy superior á la del guerrero que destruye, so pretexto de defender una causa que llama justa, puesto que la conciencia severa del viajero imparcial rinde homenaje de admiracion al artista, dominado por el noble sentimiento de lo bello, miéntras que execra la memoria del rey corrompido y el bárbaro general cuyos cañones convirtieron en ruinas tantas hermosuras; segunda, que en balde las naciones se jactarán de sus progresos hechos en la civilizacion, bajo los puntos de vista del arte, de la ciencia, de la industria, del comercio, etc., si sus progresos en punto á moralidad no han de estar en armonía con aquellos, es decir, si los gobiernos no han de respetar las obras de la civilizacion, renunciando á la salvaje justicia de la guerra que todo lo aniquila.
Es curioso notar que la Francia, el pueblo que desde el siglo XVII ha hecho avanzar mas poderosamente la civilizacion, en el campo de lo espiritual,—de la ciencia y del arte,—es la que con sus guerras inicuas ha destruido mas maravillas ú obras maestras artísticas, en Alemania, en Italia y España, como lo atestiguan tantas ruinas en las comarcas del Rin, algunas en la península italiana, y las del Alcázar de Toledo, la Alhambra y el Jeneralife en Granada, etc., etc. Es que la guerra, careciendo de moralidad y de espíritu creador es el peor enemigo de la civilizacion.
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CAPITULO V.
DE HEIDELBERG A FRANCFORT.
Mannheim y el Rin.—El gran ducado de Darmstad; su gobierno y sus condiciones generales.—La ciudad capital.—Una familia típica.