Carlsruhe parece haber sido una especie de plagio ó caricatura de Versalles. Lo mismo que en la ciudad cortesana de Luis XIV todo indica el ensimismamiento del Rey-Sol, el Rey-Apolo, siempre aspirando á imponer sobre toda cosa su persona, tenerlo todo bajo su mirada soberana, y hacer partir del patio de su palacio todas las calles, carreteras y alamedas, así como de su persona emanaba toda voluntad, toda accion y todo brillo; del mismo modo Carlsruhe tiene su eje, su punto de partida, su ojo vigilante y su gérmen, por decirlo así, en el palacio gran-ducal que sirve de residencia á la corte durante el invierno.

En efecto, Carlsruhe tiene, como es bastante sabido, la forma literal de un abanico. Su eje es una inmensa plaza semicircular en cuyo fondo se destaca el extenso palacio gran-ducal, de estilo sencillo y sin majestad ni particularidad artística ninguna, y dominando, la esplanada que sombrean magníficas arboledas. De allí parten en todas direcciones, rectas ú oblicuas, las grandes calles de la ciudad, que se apartan á medida que avanzan hasta determinar el abanico. Despues, otras calles semicirculares, inmensas y paralelas al semicírculo del eje, cortan y ligan entre sí, de un lado á otro de la ciudad, las calles que parten del centro cortesano, desde el cual, mirando en cualquiera direccion, se ve desarrollarse todo el cuerpo con matemática uniformidad.

A un lado del palacio está el jardin botánico, que por cierto es uno de los mejores de Alemania. Detras se extienden los jardines, los suntuosos bosques, los tesoros de rica vegetacion del magnífico parque. Quisimos visitar el palacio, que estaba solitario, y tuvimos ocasion de notar un rasgo característico de muchos de los Estados alemanes. Un soldado estaba de faccion en la puerta excusada que nos debia dar entrada, y al parecer le habian dejado allí por cumplimiento mas que por guardar ó defender cosa ninguna. Ello es que entramos con franqueza sin que nadie nos dijese palabra; subímos escaleras, llamamos por todas partes, y nadie nos respondió ni se dió á luz. A riesgo de que nos ocurriese un percance, nos echamos á andar y abrir puertas, y entramos á cuantos salones y aposentos hallamos abiertos, sin encontrar alma viviente. El palacio parecia mas bien un inmenso sepulcro que una residencia de corte. Donde quiera reinaban en los muebles y adornos la sencillez, la modestia y la economía. Ningún lujo, ninguna preocupacion de ostentacion artística ó palaciega! Tal parecia como si el palacio fuese una residencia de simples bourgeois alemanes. Confieso que, si bajo el punto de vista artístico quedamos muy descontentos, el espectáculo nos gustó mucho como rasgo indicativo de las costumbres alemanas.

El mejor monumento de Carlsruhe es la Academia, edificio de estilo bizantino, de muy reciente construccion, bien considerable y proporcionado, que contiene los museos ó galerías de pinturas, historia natural y antigüedades y una biblioteca. El Palacio ó Castillo gran-ducal contiene una que cuenta cerca de 100,000 volúmenes. El cementerio de Carlsruhe es uno de los mas hermosos de Alemania, apesar de su aspecto demasiado sombrío.

Apropósito de Carlsruhe, es curioso notar el profundo contraste que hay entre las ciudades alemanas antiguas y modernas. En las primeras, como Nuremberg, Hanóver, Colonia, Mayenza (ó Mainz), Praga, Ratisbona y otras cuantas, se ve donde quiera el estilo enteramente feudal, el sello de los pueblos en accion, de las clases sociales en lucha, del capricho y de las tradiciones de la época feudal. En las totalmente modernas—obra de los príncipes ó gobernantes y no de los pueblos—como Carlsruhe, Mannheim, Darmstad, etc., se encuentra un aspecto general totalmente distinto, sin estilo, ni carácter ni sello alguno. El contraste es todavía mas sensible en las ciudades compuestas de grandes barrios antiguos y modernos, como Berlin, Viena, Hamburgo, Dresde, Munic, Estuttgard y Francfort. En lo totalmente nuevo todo es regular, vasto, uniforme, monótono y sin estilo ninguno; todo es pretensioso, pedantesco, imponiendo la ley de la línea recta en todas direcciones. Esa profunda diferencia se comprende. Las antiguas ciudades eran espontáneas, obra de los pueblos, de la necesidad, y no obedecian á cálculo ni regla. Las modernas, fruto del servilismo imitador del Renacimiento,—de la pedantería ó soberbia de los gobiernos ó soberanos de la escuela fascinadora de Luis XIV,—manifiestan en todo la voluntad del monarca, la tendencia á imponer su persona y su memoria, á deslumbrar á los pueblos con grandes construciones monumentales, estratégicas en gran parte, en cuyas líneas rectas no se ve mas sello que el de la vanidad niveladora, y el símbolo de la obediencia popular pasiva.

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El ferrocarril badense, ántes de salvar el Nékar ó dirigirse á Mannheim, se inclina hácia las montañas, como si fuese á penetrar en ellas por el pintoresco valle de aquel afluente del Rin. En la ribera izquierda, á la salida del valle sobre la llanura y entre dos cordones de montañas cubiertas de rica vegetacion, demora la ciudad de Heidelberg, moderna por sus construcciones, relativamente, pero cuyo orígen remonta hasta la época de los Romanos. Célebre por su Universidad como por las ruinas de su admirable Castillo, Heidelberg seduce al viajero por su aspecto singularmente pintoresco, por las costumbres de su poblacion universitaria y por la hermosura de los sitios casi salvajes de sus cercanías. Para contemplar de cerca el conjunto, ningún sitio mas adecuado que el del gran puente sobre el Nékar—puente de piedra de cerca de 240 metros de longitud—desde cuyo centro se registra un magnífico paisaje.

Sobre la márgen izquierda, la ciudad se extiende al pié de la montaña de Koenigsstuhl, orillando en su longitud el rio, subiendo en plano inclinado hácia la cinta magnífica de verdura que cubre la montaña donde yace el Castillo, y compuesta casi únicamente de dos larguísimas calles paralelas al rio, cortadas por muchas trasversales de aspecto generalmente triste. Arriba se ven las ruinas del incomparable Castillo, dominando con su asombrosa majestad todo el paisaje. Sobre la márgen derecha se destacan numerosas quintas de gracioso aspecto, dominadas por el cordon de cerros que determina la hoya del rio, cubiertos de abetos y encinas en su parte superior y de viñas y hortalizas hácia el pié de las faldas. Por último, el rio desciende por un cauce rocalloso y tortuoso, limpio y cristalino, y soportando en sus ondas algunas barcas y numerosas balsas de maderas.

Heidelberg, como ciudad, no tiene ninguna otra particularidad artística que una casa antiquísima de los mas raros pormenores y formas, resto de la época feudal, que los excursionistas admiran siempre. Lo mas interesante es la Universidad, famosa por sus escuelas de Derecho y Medicina, en la cual siguen sus cursos unos 700 á 800 estudiantes. Es notable el conjunto de institutos de que está dotada la Universidad: su biblioteca, bastante preciosa y considerable, su museos, su jardin botánico, etc. Como la ciudad no cuenta sino unos 15,000 habitantes y es poco industrial y mercantil, su vida principal está en la Universidad, cuyos estudiantes le dan animacion, importancia y alimento económico. Así, en las épocas de vacaciones la ciudad parece silenciosa, ó al ménos pierde muchísimo de su animacion.

Nada mas curioso que ese conjunto de hábitos y costumbres á que da lugar en Alemania la existencia de algunas Universidades. En Lóndres y Edimburgo, como en Paris, Berlin, San-Petesburgo y Viena, las Universidades crean, sin duda, un movimiento que tiene su carácter particular, como el del barrio latino en Paris. Pero en realidad en esas grandes ciudades el estudiante tiene mucho de cosmopolita, se mezcla demasiado al movimiento del mundo, se deja dominar por las exigencias de la moda y pierde mucho de su tipo, casi ahogado ú oscurecido por la grandeza del escenario. En las pequeñas ciudades alemanas que tienen Universidades muy notables, sucede lo contrario. Allí el estudiante se impone, domina como un tipo soberano, absorbente, libre, original, superior á toda influencia, que imprime en cierto modo á la ciudad el sello de sus costumbres. Donde quiera le reconocereis por su fisonomía altiva, pensadora y original, su vestido propio, libre de trabas y de modas, en que la cachucha hace el principal papel; le vereis cantando por las calles, sin cuidarse de nada ni de nadie, con la querida del brazo y la pipa ó el cigarro en la boca; con el cabello y la barba en desórden y creciendo á discrecion; vestido á la diabla; contento, libre, soñador, generoso, extravagante, revolucionario demócrata y dado á las elucubraciones filosóficas; poco dogmático y muy apasionado por las discusiones intrincadas y eruditas, y ya inventando sistemas desde el colegio; buscando desde temprano las agitaciones de la prensa y de los clubs; burlon, pero sin chiste picante; filósofo prematuro, amigo de querellas y asiduo en el culto de la botella ó del jarro de cerveza. Quizás en ninguna parte se puede estudiar á los pueblos mejor que en sus universidades, porque es en esas colonias de la ciencia en embrion donde la sociedad se revela con mas energía en sus aspiraciones mas ardientes, sus instintos mas tenaces y sus aptitudes mas características.