Por último, la plaza Luisa, aunque triste y solitaria, llama la atencion por los edificios que la encierran (entre ellos el Palacio-nuevo del gran-duque y el Colegio, ámbos notables por su sencillez) y sobre todo por su extraña columna acanalada, de gres rojo, que tiene mas de 44 metros de altura y está coronada por la estatua colosal del gran-duque Luis Iº, que fué el fundador de la nueva Darmstad.

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De Darmstad á Francfort la via es generalmente desapacible, girando al traves de llanuras bien cultivadas pero monótonas. Poco ántes de llegar á Francfort el tren se detuvo delante de una pequeña localidad rodeada de jardines y huertos, donde tienen sus casas de campo muchos de los opulentos banqueros y negociantes de la activa capital de la Confederacion. Al continuar el tren su ruta entró á nuestro carruaje un sujeto vestido con mucha sencillez, á estilo americano, alto, robusto y de fisonomía franca. Llevaba sobre las rodillas un gran canasto con magníficas uvas de varias clases que acababa de hacer coger en sus jardines para ofrecer á su familia. En breve, al oirnos hablar en español, nos dirigió la palabra, con cierta mezcla de familiaridad y respeto, diciéndonos con acento perfectamente yankee: «Cabaliero, ers Ursted y su seniora espanioles?»

Respondímosle que éramos hispano-colombianos, y como su provision de lengua castellana no era muy abundante, nos preguntó si hablábamos inglés. Al ver que podia entenderse con nosotros en su lengua y que éramos hijos del Nuevo Mundo, se manifestó muy amable, nos regaló hermosos racimos de uvas, y, como si fuésemos amigos viejos, nos trató con la mayor cordialidad. Luego luego nos dió cuantos preciosos informes podian importarnos acerca de Francfort, con explicaciones muy interesantes, y nos ofreció mil pequeños servicios. Al salir del tren, se apresuró á conducirnos al mejor hotel y recomendarnos muy particularmente á la consideracion del hostelero y sus sirvientes, y luego nos pidió permiso para volver despues de algunas horas á visitarnos.

Como no conocíamos por experiencia el tipo yankee de buena calidad, nuestro amigo improvisado nos parecia por lo ménos muy singular, y aunque no nos ocurrió ningún pensamiento de desconfianza ofensiva, no obstante que sabíamos que en los ferrocarriles, los hoteles y los teatros de Europa es muy fácil dar con insignes caballeros de industria, no podiamos explicarnos la excesiva obsequiosidad de nuestro desconocido amigote, inmerecida de nuestra parte, sino suponiendo en él un carácter excéntrico en notable grado.

Tres horas despues Mr. D** llegó en su hermoso coche delante del hotel, y entró á suplicarnos que le permitiésemos presentarnos á su familia y que tomásemos el té en su casa. Era imposible no aceptar invitacion tan galante, y ademas nuestra curiosidad estaba vivamente excitada. Mr. D** nos llevó en su coche á su casa, amueblada con elegante lujo, y nos presentó á su familia, compuesta por el momento de una bella señorita, una señora amable y llena de sencillez en su porte, su trato y sus atavíos, y dos señoras mas de su parentela, poco mas ó ménos análogas en sus fisonomías y maneras. Despues de los cumplimientos de ordenanza la conversacion se hizo en breve familiar; cada cual, excepto la modesta señorita, nos hacia cien preguntas llenas de inocente curiosidad respecto de la naturaleza de nuestro país, las costumbres de nuestra sociedad, etc., etc. Luego tuvimos la sencilla explicacion de las bondades de Mr. D**: por una parte, su carácter personal era naturalmente obsequioso, ademas de lo que en ello influian los hábitos y la índole de la buena sociedad setentrional de los Estados Unidos; por otra, le movia un sentimiento de gratitud muy singular. Durante un viaje hecho á Méjico, algunos años antes, habia recibido servicios de hospitalidad muy generosos en ese país, concibiendo un afecto profundo por la sociedad hispano-colombiana. Así, al vernos, habia creido poder corresponder indirectamente las finezas de que habia sido objeto, mostrándose amable con dos colombianos desconocidos. Había para mí no sé qué de profundamente típico en ese espíritu de personificacion de las razas que parece dominar al Yankee de raza pura. Diré tambien que la circunstancia de haber conversado en inglés con Mr. D**, particularmente mi esposa, influyó mucho en nuestro favor. Mr. D** era nada ménos que uno de los mas fuertes propietarios de los valiosos ferrocarriles de Francfort, y sinembargo no hacia la menor ostentacion de su riqueza.

En cuanto á su familia, su carácter era tal que mas tarde, mediante la observacion, pudimos convencernos de que era típico de la buena sociedad femenina de Alemania. Las señoras hablaban tres lenguas de primer órden, mostraban en todo muy buen sentido, un sentimiento natural de sencillez y candor, una conciencia pura, pero muy poco persuadida de la importancia de su sexo, un espíritu de hospitalidad sincera, afectuosa y sin ostentacion, mucha curiosidad de los cosas sociales, y sobre todo una exquisita benevolencia de inclinaciones y de afectos de familia. Mas tarde diré lo que pienso, en general, de la mujeres de Alemania y de las costumbres del país.

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CAPITULO VI.

DOS ESTADOS ALEMANES.