Cuantos aquí nos congregamos, hacemos memoria, sin duda, de una sesión análoga a esta—igual a esta diría mejor—en el año precedente. El entonces designado para hablar de Martí, fue el señor Miguel Viondi, y los que aquí estamos y estábamos aquella tarde, recordamos cuán gratamente nos entretuvo; dando a su disertación el interés de la relativa novedad, única a que puede aspirarse cuando del Padre de nuestra Patria se trata hoy entre nosotros. Colocado se encontraba el señor Viondi en ventajosas condiciones para ello: amigo íntimo de Martí, lo había tratado durante largo tiempo y de la manera más estrecha y podía referirnos rasgos, de esos que parecen insignificantes, pero que mejor que ninguna otra cosa indican el temperamento y la condición peculiar de un personaje. Refiriéndonos historias de esa clase, podía entretenernos con algo nuevo que no supiéramos los demás, que pudiera servir para rectificar algún juicio de detalle y para confirmar, como no podía, menos de resultar confirmado, el juicio que en conjunto formáramos todos de antemano del hombre insigne cuyo nombre invocamos en estos instantes.

En cambio, el que se ha designado para que lleve la palabra en el día de hoy, y de él os hable, se encuentra en condiciones más desventajosas, porque no tuvo la dicha de conocerlo, ni de vista; y porque de él sabe lo que sabemos todos; y de él no puede decir otra cosa que lo que está en la mente y en el corazón de todos. No era posible que en Cuba se ignorara quién fue Martí, cuál fue su obra y cuál su representación entre nosotros. Desde los más humildes—desde el punto de vista de la inteligencia—hasta los que pueden decirse próceres de esa inteligencia, muchos han hablado entre nosotros de aquel que por antonomasia se ha llamado el Maestro. Historia de su vida, antecedentes de su carrera política, antecedentes de la agitación que organizara y todos los detalles relativos a su participación en el movimiento revolucionario que definitivamente independizó a Cuba, son, para cuantos aquí estamos, cosas sabidas; e igualmente son sabidas por todos los cubanos. En tal concepto, al que no pueda referir algún aspecto de la vida personal de aquel gran cubano, a un auditorio distinguido como este, se le coloca en una situación verdaderamente difícil cuando se le hace hablar de Martí. El tema es atractivo, es simpático, y porque siempre ha sido tema atractivo y simpático, muchos lo han tratado, muchos lo han desarrollado. El terreno, de tal modo, está espigado por completo; y yo he de recomendarme a la benevolencia de ustedes para que con esa benevolencia se me perdone todo lo que en mi discurso no puede menos de ser una repetición.

Pudiéramos dividir en tres partes, no iguales, cierta mente, un discurso como el que debo pronunciar en el día de hoy: en una se puede hablar de la vida de Martí; en otra, de su carácter y de los rasgos prominentes del mismo; en la tercera, de su obra. Digo que no pueden ser iguales, porque acaso algo pueda decirse más extensamente, con un relativo aire de novedad de la segunda y de la tercera; de la primera, imposible. Hacer aquí un resumen de su existencia, de todos conocida, sería hacer perder tiempo a los señores que me escuchan. Su infancia; su juventud, pobre y agitada, mucho más que su infancia; su amor al estudio; las deficiencias de sus medios económicos; la consagración de toda su vida al logro de un ideal; su paso por España, sus pasos en Cuba, su residencia en las repúblicas de la América latina, su residencia en los Estados Unidos; son cosas de todos conocidas. Su participación en el movimiento revolucionario, su agitación en las emigraciones cubanas, su recorrido por todos los países en los cuales creyó que podía encontrar un eco simpático al pensamiento revolucionario y su dedicación absoluta y definitiva a dar cuerpo a ese pensamiento y a su ensueño, ¿qué son sino una cosa que está en la memoria y en el corazón de todos nosotros y que no necesita ser repetida, que no debe ser repetida, porque la repetición no sería ciertamente excusable, sería incuestionablemente vana y presuntuosa?

No hablemos, por consiguiente, de su vida. De ella, lo que parece destacarse de una manera marcada, es esto sobre lo cual necesariamente habré de volver, porque fue rasgo típico de su temperamento. Fue una vida dirigida, como la aguja magnética, hacia una sola dirección; y todas las vicisitudes y agitaciones de aquella existencia, realmente tormentosa, vinieron al cabo a culminar en un mismo punto y en el sentido de una sola vía, por la que se encaminaron en definitiva sus pasos. Donde quiera que encontró cualquier oficio por el cual trató de librar su subsistencia, la adopción de ese oficio no tuvo más objeto sino el de lograr que fuera posible ir viviendo, para que al par que su vida se prolongara, se realizase la obra que se había impuesto. La tarea que desde sus tiempos de muy joven concibió en su espíritu, despertó en el mismo el propósito de consagrarse a ella, y de hecho, posteriormente, su vida fue, en cuanto a esa tarea, una definitiva consagración. Naturalmente, en un hombre obsedido por esa misión, que debió creer que providencialmente le estaba impuesta, y luego veremos por qué lo digo, no era posible que se produjera un rumbo normal, tranquilo y constante en la existencia. Dado el hecho de imponerse a sí mismo semejante misión, todo lo que no fuera el cumplimiento de ella, tenía que ser accesorio para él y accidental. Era preciso vivir; no tenía fortuna y era preciso buscar el pan de todos los días. Un hombre de inteligencia suficiente para haber abrazado cualquiera de esas profesiones, que si no francamente lucrativas, permiten por lo menos vivir con comodidad, no se podía ocupar de ninguna de ellas. Teniendo título de Abogado, no le fue dable ejercer la profesión. Para ello hubiera tenido que radicar en un mismo punto, que vivir en Cuba, y en Cuba española, que someterse a la mirada recelosa de la policía española, que prescindir de todo lo que él entendía que constituía su destino. Era preciso que librara la subsistencia con oficios que le permitieran al propio tiempo viajar, moverse de acá para allá, preparar el movimiento revolucionario en definitiva. Y tan es así, que una especie de visión, de destino providencial le animaba, que contra el parecer de la inmensa mayoría de sus conciudadanos, contra el parecer casi unánime de ellos, entendió que estaban maduros los tiempos, cuando todo el mundo pensaba que su tentativa habría de abortar como extraña aventura de dementes.

A veces sucede esto, y ha sucedido en muchas ocasiones en la historia de la humanidad: no son precisamente los hombres de mayor reposo en el carácter y más serena cultura mental los que han decidido a las multitudes a obrar, los que han lanzado a los pueblos por el camino de su destino verdadero. Para eso se ha necesitado casi siempre una obsesión pasional y la impulsión que naturalmente se produce en virtud de ella; comunicar a las multitudes el fuego que a nosotros abrasa y hacerles realizar lo que ellas no pensaron que debieran realizar; aun muchas veces contra la voluntad general, adivinando cuál es el estado de la subconciencia, el deseo íntimo y verdadero de una agrupación de hombres, para llevarlos a que ejecuten lo que quisieran ejecutar, pero lo que no se atreven siquiera a pensar en ejecutar. De aquí el que fiel a su destino, Martí viviera como corresponsal de periódicos, moviéndose de acá para allá, remitiendo correspondencias a un diario denominado El Partido Liberal y después a La Nación de Buenos Aires, ganándose su subsistencia modestísimamente de este modo, a fin de girar por el mundo, aunando voluntades aquí como allí, reuniendo fondos, procurando contar con la colaboración de los que podían ponerse al frente del movimiento, y no desmayando nunca ante ningún desastre, ni ante ningún desengaño. ¿Para qué dar detalles? Esta fue invariablemente su vida. Los accidentes de la misma no harían sino presentar diversas facetas de esto que he indicado como su conjunto general.

Discurrir ahora acerca de su temperamento y de su carácter, de su papel y de su misión en la obra revolucionaria cubana, tiene para mí también un relativo inconveniente. Hace poco más de un año, cuando, en la próxima ciudad de Matanzas se inauguraba, por iniciativa de un hombre a quien vi entonces por última vez, el doctor Ramón Miranda, un artístico monumento en honor de Martí, el doctor, que a ello me había comprometido de antemano, me llevó a dicha ciudad a hacer uso de la palabra en la ceremonia de inauguración. Entonces, refiriéndome en un breve discurso dicho en la plaza pública, y que por ello no podía ser ni largo, ni reposado, ni serenamente meditado, a aquello que para mí constituía carácter típico y saliente de Martí, señalaba estas dos circunstancias que no diré que sean absolutamente exclusivas de él, pero que en realidad son en él más prominentes que en ningún hombre que haya podido vivir una vida análoga a la suya y que se haya impuesto una misión como la que él se impuso.

En primer lugar, un hombre que movía a los demás a pelear, que encendía en su patria la hoguera de la lucha tremenda, que condenaba a sus hermanos a pasar por la crisis de un terrible martirio, estaba al propio tiempo animado de un amor sin límites a la humanidad y de una benevolencia para todos los humanos, por malignos que fuesen o por errados que estuvieran; entre otros, y tal vez principalmente, para los que consideraba sus enemigos. Y además hubo en él rasgo peculiar de su tarea y de su esfuerzo: de todos los hombres que han podido determinar a una colectividad, grande o pequeña, a realizar una obra común, un propósito general, quizás él sea el que representa en esa obra común una parte más grande por razón de su esfuerzo individual. Martí, en efecto, fue el determinante principalísimo de la revolución cubana. El pueblo cubano, en aquel tiempo, y cuantos vivimos en aquella época lo sabemos, no quería en su mayoría al menos, la revolución. El Gobierno de España nos había dejado entrever una mejor condición política, sin sacudidas ni agitaciones violentas. Tan cierto es que aquello hubiera podido contener la obra revolucionaria que, como se ha dicho después y repetido muchas veces, la actitud que tomó el Gobierno español por la iniciativa del Ministro Maura contuvo un poco a Martí. Le pareció que su ideal y su tarea corrían peligro si aquellas reformas políticas se implantaban en Cuba de buena fe y eran generalmente aceptadas por el pueblo cubano, en virtud de lo cual él ya no tendría ambiente adecuado para poner por obra sus propósitos. Fue la obcecación de los políticos españoles, de acá y de allá, la que se levantó como una barrera ante el Ministro que acabo de indicar y dejó el terreno aun más preparado que antes lo estaba para que pudiera fructificar la semilla. No obstante, el Gobierno español, volvió, como todos sabemos, a la idea de reformas políticas. El plan del señor Maura se desechó; pero se planteó otro nuevo, que llevó el nombre de Abarzuza; y aun cuando la generalidad entre nosotros creyó que se iba a obtener menos de lo prometido, la mayoría se resignaba a obtener aquello, a cambio de no tener delante de sí el fantasma de ninguna agitación, de ninguna revolución, de ninguna lucha. Yo recuerdo que no ya entre los elementos españoles, sino aun entre los elementos cubanos, y muy cubanos, y muy probados, pero que no se encontraban en la conspiración que estallaba en aquellos instantes, fue un efecto terrible el que produjeron los primeros movimientos. He tratado a algunos, emigrados de la guerra de los diez años, de aquellos que desde su principio marcharon a los Estados Unidos o a algunas de las Repúblicas Hispanoamericanas, que consideraron un acto de locura el que se iniciaba en aquellos días. Creyeron que todo lo que se había adelantado, en 17 años de predicación pacífica, por el Partido Autonomista, iba a ser irremediablemente perdido; y un amigo particular mío, que se hallaba en Madrid cuando los primeros sucesos estallaron, que salió de España muy poco después y regresó a Cuba, hubo de declararme que en una entrevista que tuvo pocos días antes de embarcarse con el famoso tribuno español don Emilio Castelar, este le significó que en Cuba, se había cometido un acto de demencia irreparable, y que los que lo cometían y los que no lo cometían, en virtud de irremediable consecuencia de la solidaridad, verían perturbado el sistema político de Cuba, ya que aquellos sucesos lo harían volver mucho más atrás de donde se encontraba en el momento en que se iniciaron los primeros esbozos de un plan de reformas. Y esa idea de don Emilio Castelar era la idea que aquí tengan todos los que no estaban, diré mejor, los que no estábamos comprendidos en la conspiración; porque a pesar del papel que yo posteriormente pude desempeñar, modesto y obscuro, en el movimiento revolucionario, he de declararlo sinceramente, y nunca he pretendido lo contrario, en la conspiración inicial no estuve comprendido ni iniciado; hasta el punto de que, no sospechando que yo podía ser capaz de semejante cosa, el señor Juan Gualberto Gómez, a pesar de haber llevado su defensa ante la Audiencia de la Habana cuando se le procesó por la publicación de un artículo titulado «Por qué somos separatistas», jamás contó conmigo y aun hubo de decirme, ya en Ceuta, donde nos encontramos, que él se hubiera dirigido a mí si hubiese sabido que yo era susceptible de ser inyectado con semejante virus; a lo que le contesté que quizás, en aquellos momentos, no hubiera sido yo susceptible de recibir, con fruto, la inyección.

En tales condiciones se encontraba la población de Cuba cuando Martí empezó la obra revolucionaria. Es verdad que, como él decía, en el suelo no se advertían los brotes primeros de la planta, pero él sintió lo que pasaba en el subsuelo, y en el subsuelo estaba ya preparada la semilla; prueba cómo ella fructifera. Aun los más ajenos al movimiento inicial, se sintieron (y aquí también puedo decir, nos sentimos) inmediatamente arrastrados por él; de tal manera que aun antes de que la invasión de las provincias occidentales diera grave y decisiva importancia al guante arrojado al Gobierno de España, ya habíamos sentido muchos, que veíamos venir la ola arrolladora, que lo peor que podía suceder a los nacidos en Cuba sería que ese Gobierno de España aplastara militarmente a la revolución; y aun algunos, sin creer que aquella revolución podía tener un éxito, mucho menos cercano; sin pensar que en el período relativamente corto de tres años se triunfara; pensaron que era necesario un movimiento general para prestar auxilios a dicha revolución, procurando al menos colocar el pleito en condiciones de transacción que a España resultara irremediable; primera victoria, que había de ser victoria definitiva, un poco más tarde, de Martí ya muerto, sobre nuestros corazones.

Era, indudablemente, un hombre extraordinario el que llegó a producir en un pueblo, pequeño o grande, eso poco importa, fenómeno como el que acabo de indicar. Decíales a ustedes hace poco que había en realidad en su vida toda algo que indica que él se consideraba providencialmente destinado a semejante misión. Esa impresión, mucho tiempo después de muerto él, la recibí directamente por unos renglones suyos, y en la obra de menos importancia de todas aquellas que ha publicado el señor Gonzalo de Quesada, piadoso recolector de sus escritos; en una que se titula La Edad de Oro y que es un volumen que contiene los trabajos que insertara Martí en cuatro o cinco números, muy pocos, de una revista que publicó, dedicada a los niños, y de la que él era el director y el redactor casi único. En uno de esos artículos, que se encuentra al principio, el que se denomina «Tres Héroes», Martí habla a los niños, en sencillo lenguaje, de Bolívar, de Hidalgo y de San Martín; y refiriéndose al primero, escribe estas palabras que voy a permitirme leeros y en las que entiendo que hay incuestionable, inconscientemente, y en síntesis, un poco de autorretrato:

«Bolívar era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las palabras se le salían de los labios. Parecía como si estuviera esperando siempre la hora de montar a caballo. Era su país, su país oprimido, que le pesaba en el corazón, y no le dejaba vivir en paz. La América entera estaba como despertando. Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, y que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos tienen muchos hombres, y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mérito de Bolívar, que no se cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuando parecía que Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles: lo habían echado del país. Él se fue a una isla, a ver a su tierra de cerca, a pensar en su tierra».