Cuando esto leí hace poco más de un año, poco antes de que el señor Viondi pronunciara aquí el discurso del año anterior, me pareció que en estas palabras Martí se retrataba a sí mismo. No era él de aventajada estatura, era más bien pequeño de cuerpo (acaso fuera de la propia estatura de Bolívar); era nervioso también, como a Bolívar pintara; sus ojos, todos los que lo conocieron lo dicen, relampagueaban; las palabras asimismo se salían de sus labios; y cuando su pueblo se había cansado de pelear, él no se había cansado del propósito de iniciar una nueva lucha; él había decidido la guerra solo, porque solo a sí mismo se consultaba; no necesitaba consultar a su pueblo y le parecía también muy difícil consultar la opinión de muchos. Y tan había decidido la guerra él solo, que a los jefes principales de aquella lucha, a los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo, los fue a buscar; y lo que no habían decidido ellos, él hubo de decidirlo y fue él solo, él quien sacó de su inacción a tales hombres y en la aventura los embarcó. Cuando escribía tales palabras de Bolívar, es probable que pensara en sí mismo; es probable que no quisiera establecer una franca comparación, cosa que su propia modestia había de vedarle; pero yo dudo de que nadie que lo haya conocido, de que nadie que, aun sin conocerlo, haya oído hablar de él tanto como lo hemos oído nosotros todos, deje de encontrar su propio espíritu, su propio temperamento, la condensación de su carácter y de su historia, en esas líneas en que él trataba de pintar a los niños al que fue el Libertador de la América, Central y Meridional.
Aquel otro rasgo del que hablara hace poco ya se señalaba en los momentos mismos en que la lucha tenía comienzo. Parecía a Martí que debía dirigirse, no para conquistarlos en conquista imposible y absurda (no hay un solo renglón en el documento a que voy a referirme en que tal propósito aparezca), hasta a los propios soldados españoles que estaban en Cuba; y en una especie de alocución y manifiesto que de antemano publicara, les decía que era su adversario y enemigo, pero que no sentía por ellos odio de ninguna especie. No los llamaba para convidarlos a la deserción, no; les advertía el noble propósito de la lucha; y antes de comenzarla, él, el más débil, el que solo contaba con su esfuerzo, el que bien se daba cuenta de lo áspera y difícil que iba a resultar, en el momento en que el encono es más natural en el espíritu del hombre, proclamaba un ideal de fraternidad para con el adversario y de antemano quería asegurar para un mañana más o menos incierto, pero en el cual él tenía mucha fe, un programa de perdón, de ausencia total de rencores, de olvido de la lucha misma.
Y en efecto, ese espíritu que dominaba a toda su tentativa revolucionaria, se vio reproducido en el momento de la victoria al final de la guerra de Cuba. Y aun cuando en ello me repita, quiero consignar una cosa que consignara también allá en Matanzas, en la oportunidad a que antes me refería. Colaboradores entrambos enemigos en que tal fuera el resultado de la revolución y de su triunfo, no solo los cubanos no tuvimos, salvo alguna que otra manifestación aislada, que nunca pudo traducirse en hechos, el propósito vindicativo de las ofensas pasadas, sino que tampoco dieron los españoles muestras de despecho o de inconformidad con los hechos consumados, y dándose cuenta oportuna de la situación la aceptaron acaso con reservas mentales, pero con reservas que tuvieron la discreción de no exteriorizar jamás; y así nunca, manifestaron expresa y públicamente, ni aun durante el tiempo intermedio de la Intervención primera, que, contentos con tal fracaso de la Revolución vencedora, ellos deseaban que no triunfaran sus ideales definitivos. De este modo, y con la discreción de un lado y del otro, se ha podido lograr que la República, ni antes ni después de constituida, se mirara por esos hombres como una condición de cosas en la cual la vida era para ellos imposible, y tanto los unos como los otros, los que habían triunfado con el auxilio americano, y los que habían sido vencidos por las fuerzas unidas de cubanos y americanos; aceptaron como cosa definitiva el nuevo orden político, cooperando todos a mantenerlo, cada cual como ha querido, como ha podido o como ha debido.
Ese amor de Martí para todo lo humano, hasta el punto de que pudo tomar como lema de su existencia aquel verso famoso de Terencio, pues que nada que fuera humano, en efecto, le era extraño, se manifiesta muy principalmente hacia los pobres, hacia los humildes, hacia los débiles. Martí se abría muy fácilmente camino en el corazón de ellos. Cuando en compañía del que fue primer Presidente de nuestra República, ya constituida en definitiva y reconocida por todas las naciones, don Tomás Estrada Palma, en los últimos tiempos de la revolución, en la época en que en el puerto de la Habana voló el acorazado americano «Maine», hice yo un viaje a Tampa y Cayo Hueso, esto llamó profundamente mi atención. En las casas más pobres había uno o más retratos de Martí. No se contentaban generalmente con tener uno solo. Si lo tenían pequeño buscaban uno más grande y conservaban el pequeño para trasladarlo a otra habitación. Si lo tenían de busto, querían tenerlo también de cuerpo entero. Si lo tenían a él solo, querían otro en que Martí estuviese fotografiado en compañía de algún amigo. Y en todas las casas, por humildes que fueran, se encontraba su imagen repetida, no una sola vez. Así la veía uno por todos lados; la veía en el exterior de los edificios como en el interior de los mismos; en la sala en donde se recibía al huésped como en las habitaciones privadas; en los talleres de tabaquería, en número bastante considerable, hasta el punto de haber podido yo contar seis retratos en un mismo taller. Y en todas partes le hablaban a uno de Martí. Y había gentes que se sabían de memoria el primer discurso que dijo en Cayo Hueso; y no había reunión política en que alguien no se encargara de recitarlos, como la obertura obligada de la función de que se trataba; y las palabras de él, lo que había dicho, lo que había indicado en las conversaciones particulares, el consuelo que había prodigado a los infelices, a los desvalidos, a los tristes se repetían diariamente; y no vivía uno en aquel lugar y en aquella época sin ver su imagen por donde quiera, sin oír repetir sus palabras y sus ideas por todas partes; hasta el punto de que era difícil sustraerse a la ilusión de que estaba vivo; ¡ciertamente mucho más vivo entonces que cuando real y efectivamente vivía!
Otro de sus caracteres (cuantos lo conocieron han podido dar de esto un testimonio constante) fue la elevación de su mente, su perenne altura mental. Tengo entendido que, cualquiera que fuese la bondad de su carácter, cualquiera la facilidad con que se le podían acercar, altos o bajos, quienes desearan abordarlo, no fue, sin embargo, un hombre alegre. No podía serlo, puesto que tenía la obsesión de una triste idea, la idea de una misión dura y difícil, no solo para él, sino también para sus compatriotas. Aquel amante de la humanidad iba, en efecto, a ser causa de que se derramara sangre. Su misión no se podía realizar si no a costa de sangre y de lágrimas; y un hombre que tenía en el corazón tan abundante piedad para todos los hombres, condenado a realizar obra semejante, no podía ser jovial, no podía abundar en él la alegría. Por consiguiente no era dado a tomar en broma familiar las cosas que a veces, a los demás, a los que vivimos reducidos a un nivel normal humano, nos proporcionan esa frívola, pero grata impresión que hace reír. No tenía, no podía tener lo que un amigo mío suele llamar «el sentido cómico de los acontecimientos». Y así a veces, ante cosas verdaderamente cómicas, su espíritu encontraba siempre un aspecto sobre el cual se podía discutir seriamente, abandonando la broma, como algo incompatible con su temperamento, y contemplando tan solo el lado serio y elevado a que la cosa misma pudiera prestarse.
Mi compañero de trabajo y mi íntimo amigo Pablo Desvernine, me ha referido lo siguiente, que presenciara él una tarde, en el bufete del señor Viondi, en donde se encontraba Martí. En aquella época el Liceo de la Habana se hallaba establecido en la Calzada de la Reina. Era antes de la revolución, durante un breve paso de Martí por Cuba; no solo antes de que el movimiento revolucionario estallara, sino también antes de aquella, para muchos aun no claramente conocida, aparición de Antonio Maceo en La Habana. Y resultó ser que llegó al bufete del señor Viondi un empleado suyo, un hombre sencillo y bueno, pero sin gran cultura, y declaró, en medio de la mayor jovialidad, que el doctor José Antonio Cortina disertaría aquella noche en el susodicho Liceo acerca de «un inglés» que pretendía que el hombre descendía del mono. Martí se indignó en medio de la risa general. Comenzó por advertir a aquel pobre hombre estupefacto que no volviera nunca a expresarse en ese tono de semejante inglés. «Ese hombre de quien usted habla, le dijo, se llama Carlos Darwin, y su frente es la ladera de una montaña»; y continuó disertando en este tono por diez minutos, hasta que sus amigos le interrumpieron para hacerle comprender lo perdido e inútil de aquella disertación.
En ese estado de excitación mental y con su espíritu en ese plano intelectual y moral, se encontraba constantemente. Como hombre que se halla obsedido por una idea, como acabo de decir, realmente triste, la de lanzar a sus hermanos a la guerra, le era imposible la risa ruidosa y la franca alegría. En efecto, si es cierto que su papel en la iniciativa y en el desarrollo de la revolución fue individualmente tan decisivo como he podido indicar (y creo que de ello no cabe duda); si se estima que todo lo que se hizo posteriormente no fue más que consecuencia de su energía, de su acción individual; cuantos murieron, murieron, entre otras cosas, y principalmente porque él los lanzó a la muerte, porque a ella los mandó; y aun así, cuantas viudas, cuantos huérfanos lloraron, derramaron lágrimas por él; cuantos aquí se arruinaron, y cuantas propiedades se destruyeron, y cuantos escombros se amontonaron sobre nuestros campos, y cuanto humo tiñó la pureza de nuestro cielo, fueron ruina, y destrucción, y escombros, y humo que a él pueden referirse como a su causa. Todo eso fue realmente obra suya. Y hubiera podido pasarse un balance de pro y de contra, de cargo y de data, de debe y de haber, para saber cuál era su saldo, si no hubiera él comprendido la triste tarea que se impusiera y decretado que ella reclamaba su propio sacrificio. Y en efecto, tanto como el que más, mucho más que otros revolucionarios de su índole, no tan solo entendió que debía lanzar a su pueblo a una lucha desesperada, sino que comenzó por lanzarse con él; y aun creo que pensó que, inmolándose en holocausto voluntario, debía morir a las puertas mismas de la revolución.
¿Quién podrá, por consiguiente, tomarle cuenta de la sangre que se derramó, de las lágrimas que se vertieron, de todo lo que pudo suponer aquella lucha postrera de la actual generación cubana, cuando él fue la primera víctima, prestándose a su propia inmolación? De ese modo, redimió todo lo que pudiera pensarse que hubo de sombrío en su obra, aceptando para él, espontáneamente, la parte más sombría. Ya antes había hecho un sacrificio prolongado, que no había sido cruento, pero que había sido tan duro, por lo menos, como aquel que hiciera en el momento de morir. Como dije antes, todos los halagos de la existencia fueron cosas por él renunciadas. La estabilidad de la residencia en un punto determinado; los lazos establecidos, cada día más firmes, y que hubieran sido sin duda lazos de fervoroso afecto respecto de un hombre que tan fácilmente cautivaba el corazón de los otros; la posibilidad de una posición económica relativamente holgada, que para ello tenía aptitudes, condiciones, simpatía, relaciones e inteligencia bastantes, aunque tal vez no el carácter que se necesita para estas apacibles empresas, un tanto vulgares; todo esto lo renunció, momento tras momento, un día tras otro de su vida. No tuvo ni siquiera, por mucho tiempo, los placeres del propio hogar. Errante siempre, de acá para allá; en la propia España, en Cuba solo de paso, en los Estados Unidos, en las tierras todas de la América latina; lo principal de su existencia fue preparar y hacer estallar la revolución cubana. Todo lo demás que hizo fue perfectamente secundario en su vida. Esta fue, pues, una vida de constantes sacrificios. Por eso, con toda razón, en una conferencia que pronunciara en 1894, sobre él, en New York, en la Sociedad Literaria Hispanoamericana, de la cual Martí fue Presidente y fundador, terminaba el señor Enrique José Varona declarando que su carrera podía sintetizarse «en la palabra gloriosa que pone un nimbo resplandeciente en torno de unos cuantos grandes nombres, en la que inmortaliza a los Prometeos, clavados en su roca, y a los Cristos, clavados en su cruz, la palabra Sacrificio».
En ello, señores, no hizo Martí más que seguir aquella vieja tradición de sus mayores; de nuestros mayores, sería mejor decir; ya que la firme decisión del sacrificio había de ser la única arma de bastante temple para proporcionar a los cubanos la victoria, remota y casi inasequible. Cuando se recuerdan los días preliminares del conflicto, se comprende que todo el que pensara, ya exaltado por la pasión patriótica o sin esa exaltación y contemplando el espectáculo desde fuera, en que Cuba iba a luchar contra España, en que una revolución no bien organizada iba a lanzar el guante a un Estado organizado y con recursos, no podría nunca concebir que los revolucionarios aspiraran a un éxito militar decisivo y rápido. Aquella guerra, para resultar, tenía que prolongarse. Se tenía el ejemplo de los diez años de martirio anterior, y aquellos diez años de combate habían producido el efecto de que la riqueza se escapara al pueblo cubano y pasara a otras manos, de que no quedara más que un residuo de su anterior preponderancia económica. Empeñar una nueva lucha era consumar la ruina completa, porque aquella debilidad frente a aquella fuerza (fuerza y debilidad son siempre relativas) no podía aspirar a ninguna probabilidad de triunfo, sino mediante una perseverancia constante en el sacrificio.
Algunas veces, en medio del combate, la posición respectiva de los adversarios se exageraba por unos y por otros; y de aquí que la revolución tropezara con algunos inconvenientes propios de la exageración natural de sus cronistas. Recuerdo, por ejemplo, que el general Máximo Gómez penetró un día en la ciudad de Santa Clara, y estuvo durante algunas horas en la ciudad, y se surtió y surtió a sus tropas de calzado y víveres, y ocupó ropas y municiones, y armamentos, y caballos, y medicinas; y al fin tuvo que marcharse, porque no podía sostenerse a pie firme, en tal lugar, contra las tropas españolas. Dado lo que era la guerra de los cubanos contra España, aquella era, para tal guerra, una brillante operación militar; pero si realmente se le anunciaba al mundo, como se le anunció, que el Ejército cubano se había apoderado de Santa Clara, de la capital de la provincia central de la isla y que allí se había hecho fuerte contra las tropas españolas, la noticia tenía el inconveniente de su exagerada importancia; y cuando se supo después lo que había pasado realmente, la cosa pareció pequeña, precisamente en virtud de su exageración; y el resultado fue que los periódicos franceses, más tarde, cuando recibían algunas noticias por nuestro conducto ponían delante de ellas, con letra bastardilla, «Source Cubaine», para dar a entender que todo aquello era sospechoso de exageración, si no de mentira.