Notas de Arte (Colombia), agosto 15 de 1910

Le conocí y traté en New York el año de 1891.

Me consagró su amistad. La amistad es la única rosa que no tiene espinas. La única fuente arrulladora que no tiene lodo.

Fui su amigo—en el trajín social—de pocos meses.

Soy su amigo perdurable por el recuerdo y la memoria.

Su recuerdo es para mí un ariete, relámpago que cruza las soledades de mi cerebro, viento agitado en mi calma abrumadora, águila que despierta—en horas de abatimiento—a picotazos mi alma.

Fui, con varios condiscípulos, expresamente a conocerle. Habitaba casa humilde y vivía modestamente.

Enamorado yo de sus escritos, deslumbrada mi juventud por aquel vuelo de cóndores de su prosa soberana, entré a aquel Areópago con el pensamiento en las nubes y el corazón en los labios.

Eran días tétricos para los colombianos residentes en New York, días en que un desdichado compatriota, al frente de un puesto distinguido, había llevado a sus gavetas joyas que no eran suyas.

Fue ese el tópico obligado, y Martí me decía: «los suramericanos enviamos trozos humanos putrefactos para que estos países los escarben y examinen, mandamos el rostro ensangrentado de la Patria para que estos países lo abofeteen».