La América latina ha sido escasa en mentes colosales. El genio, como el célebre arbusto parlante de Sumatra, no se ha dado en América sino muy de tarde en tarde.

Ha habido ilustraciones altas y macizas, pensadores vastos y profundos, prosistas, oradores y poetas de palabra de oro y alas luminosas; pero el genio auténtico, la cabeza batida por aquilones y coronada de rayos, la lengua de fuego que realza y purifica cuanto toca, la pluma gigante que vierte a raudales la ternura, la ciencia y la filosofía... esos, han sido muy raros en América.

Genio Montalvo; genio José Martí.

El primero con una sombra: el arcaísmo; el segundo, sin sombras y sin manchas.

La estulticia de las muchedumbres, el espíritu fácil al aplauso de nuestra raza, la lisonja desmesurada de los gacetilleros, el coro vacuo y frívolo de las mediocridades, han hecho aparecer en ocasiones como lumbreras a seres que apenas han tocado los primeros peldaños de la gloria.

Entes grandes y pomposos—como la encina de Lebes—, pero huecos.

Árboles corpulentos de espléndido ramaje, pero torcidos e inclinados a la tierra.

Hoy la serie de pensadores es como una serie de montañas, pero sin cumbres que sobresalgan, sin picos que se despidan de las otras.

La constante difusión de las luces, el espíritu incansable e investigador del siglo, la rapidez y la facilidad en las comunicaciones, la escuela, el libro, la prensa y la tribuna, han eliminado esas eminencias, cúspides de la humanidad.

Con la abundancia de las colinas han desaparecido los Himalayas.