El deber es feliz, aunque no lo parezca, y el cumplirlo puramente eleva el alma a un estado perenne de dulzura.
El amor es el lazo de los hombres, el modo de enseñar y el centro del mundo.
Se debe enseñar conversando, como Sócrates, de aldea en aldea, de campo en campo, de casa en casa.
La inteligencia no es más que medio hombre, y no lo mejor de él.
No sabe de la delicia del mundo el que desconoce la realidad de la idea y la fruición espiritual que viene del constante ejercicio del amor.
El juicio madura la sensibilidad.
En lo corpóreo, como en lo del espíritu, la salud es indispensable a la belleza, y ésta, en el hombre como en el mundo de que es suma, depende del equilibrio.
La ciudad extravía el juicio, el campo lo ordena y acrisola.
Antes se aplaudía al gladiador que mataba, y ahora al que salva.
La vida es un himno.