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El alma humana tiene una gran necesidad de blancura. Desde que lo blanco se oscurece, la desdicha empieza.
La práctica y conciencia de todas las virtudes, la posesión de las mejores cualidades, la arrogancia de los más nobles sacrificios, no bastan a consolar el alma de un solo extravío.
Ni a las mujeres está bien eso de cubrirse la frente, donde está la luz del rostro.
Cuando se padece mucho no se desea un beso en los labios, sino en la frente.
Hay algo de tenebroso e inquietante en esas frentes cubiertas.
Gustan siempre los jóvenes de lo desordenado e imprevisto.
Mejora y alivia el contacto constante de lo bello.
Conviene tener siempre delante de los ojos, alrededor, ornando las paredes, animando los rincones donde se refugia la sombra, objetos bellos, que la coloreen y la disipen.
Hay cierto espíritu de independencia en el pecado, que lo hace simpático cuando no es excesivo.