Los hombres fuertes que se sienten torpes, se abrazan a las rodillas de los hombres inteligentes, como Hércules montuoso a las rodillas mórbidas de Omphala.

La inteligencia da bondad, justicia y hermosura: como un ala, levanta el espíritu; como una corona, hace monarca al que la ostenta; como un crisol, deja al tigre en la taza y da curso feliz a las águilas y a las palomas. Del puñal hace espada; de la exasperación, derecho; del gobierno, éxito; de lo lejano, cercanía.

Al resplandor del derecho, el abuso ceja, como ruin galancete ante el enojo de una dama pura.

Si el derecho se echa encima manto de ira, los mismos que el derecho reconocen se alzarán contra él tristemente, como padre que ata a su hijo loco.

Quien intenta triunfar, no inspire miedo: que nada triunfa contra el instinto de conservación amenazado.

Quien intenta gobernar, hágase digno del gobierno, porque si, ya en él, se le van las riendas de la mano, o de no saber qué hacer con ellas, enloquece, y las sacude como látigos sobre las espaldas de los gobernados, de fijo que se las arrebatan, y muy justamente, y se queda sin ellas por siglos enteros.

La victoria no está sólo en la justicia, sino en el momento y modo de pedirla; no en la suma de armas en la mano, sino en el número de estrellas en la frente.

En toda palabra ha de ir envuelto un acto.

La palabra es una coqueta abominable, cuando no se pone al servicio del honor y del amor.