Los hombres que quedan son los que encarnan en sí una idea que combate, o una aspiración destinada al triunfo,—los que pasan por el mundo voceando y luciendo con velocidad extraordinaria—como los astros. Mientras viven, se les señala con el dedo; en cuanto mueren se ve que donde ellos caen se levanta una estatua. No importa que hayan defendido sus doctrinas con exceso: así han de defenderse las ideas justas, para que al retraerse, como todo se retrae, en la marea del universo, no quede la idea demasiado atrás.
Un grano de poesía sazona un siglo.
La alegría viene de la gente llana.
No se vive sin sacar luz en la familiaridad con lo enorme.
El hábito de domar da al rostro de los escultores un aire de triunfo y rebeldía.
Engrandece la simple capacidad de admirar lo grande, cuanto más el moldearlo, el acariciarlo, el ponerle alas, el sacar del espíritu en idea lo que a brazos, a miradas profundas, a golpes de cariño ha de ir encorvando y encendiendo el mármol y el bronce.
Jamás sin dolor profundo produjo el hombre obras verdaderamente bellas.
Disfraz abominable y losa fúnebre son las sonrisas y los pensamientos cuando se vive sin patria, o se ve en garras enemigas un pedazo de ella: un vapor de embriaguez perturba el juicio, sujeta la palabra, apaga el verso, y todo lo que produce entonces la mente nacional es deforme y vacío, a no ser lo que expresa el anhelo de las almas.
¿Quién siente mejor la ausencia de un bien que el que lo ha poseído y lo pierde?