La justicia manda reconocer que el mundo adelanta por la obra unida, hostil en la apariencia e idéntica en el fondo, de la ambición y la virtud.
Triunfa de lado la virtud en la política, pero nunca de un modo directo y absoluto.
El alma, es verdad, va por la vida como en la cacería la cierva acorralada, sin tiempo para despuntar los retoños jugosos, o aspirar el aire vivífico, o aquietar la sed en aquel arroyuelo del bosque que corre entre las dos riberas verdes, luz de rretida, joya líquida, discurso de la naturaleza que fortifica y alecciona por donde pasa. En cuanto el alma asoma, un escopetazo la echa abajo: para vivir, hay que esconderla donde no nos la sospechen, y en las horas de soledad, en las horas de lujo, sacarla a la luz tenue, como el relicario que guarda la efigie de la mujer querida, y llorar sobre ella, acariciarle la cabellera pegada a las sienes, aquietarle la mirada ansiosa, y decirle con la voz de los desesperados: "¿cuándo acabaremos, alma?"
Todo vivo, que debiera ser un aroma, es un cómplice; y la existencia es más feliz mientras son más numerosas y francas las complicidades.
Todo es símbolo y síntesis, y hay que ir a buscar la raíz de todo.
Morir, ¿no es volver a lo que se era en principio?
V
Del vol. "La Edad de Oro".
V
El niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser hermoso: el niño puede hacerse hermoso, aunque sea feo; un niño bueno, inteligente y aseado, es siempre hermoso.
Nunca es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la ofenda: el niño crece entonces, y parece un gigante: el niño nace para caballero, y la niña nace para madre.