La superstición y la ignorancia hacen bárbaros a los hombres en todos los pueblos.
El mundo tiene más jóvenes que viejos.
Cuando no se ha cuidado del corazón y la mente en los años jóvenes, bien se puede temer que la ancianidad sea desolada y triste.
Cada ser humano lleva un ser ideal, lo mismo que cada trozo de mármol contiene en bruto una estatua, tan bella como la que el griego Praxiteles hizo del dios Apolo.
La educación empieza con la vida, y no acaba sino con la muerte.
La mente cambia sin cesar, y se enriquece y perfecciona con los años.
Las cualidades esenciales del carácter, lo original y enérgico de cada hombre, se dejan ver desde la infancia en un acto, en una idea, en una mirada.
Todo hombre tiene el deber de cultivar su inteligencia, por respeto a sí propio y al mundo.
Lo general es que el hombre no logre en la vida un bienestar permanente sino después de muchos años de esperar con paciencia y de ser bueno, sin cansarse nunca.
El ser bueno da gusto y lo hace a uno fuerte y feliz.