Sufrir es morir para la torpe vida por nosotros creada, y nacer para la vida de lo bueno, única vida verdadera.
Sufrir es más que gozar: es verdaderamente vivir.
El que sufre por su patria y vive para Dios, en este u otros mundos tiene verdadera gloria.
Todas las grandes ideas tienen su gran Nazareno.
La fraternidad de la desgracia es la fraternidad más rápida.
Ninguna pluma que se inspire en el bien, puede pintar en todo su horror el frenesí del mal.
Cuando todos los pueblos van errados; cuando, o cobardes o indiferentes, cometen o disculpan extravíos, si el último vestigio de energía desaparece, si la última, o quizás la primera expresión de la voluntad guarda torpe silencio, los pueblos lloran mucho, los pueblos expían su falta, los pueblos perecen escarnecidos y humillados, y despedazados, como ellos escarnecieron y despedazaron y humillaron a su vez.
La idea no disculpa nunca el crimen y el refinamiento bárbaro en el crimen.
Si los dolores verdaderamente agudos pueden ser templados por algún goce, sólo puede templarlos el goce de acallar el grito de dolor de los demás. Y si algo los exacerba, los hace terribles, es seguramente la convicción de nuestra impotencia para calmar los dolores ajenos.