El espíritu es Dios mismo. Y ¡cuán descarriados van los pueblos cuando apalean a Dios!

No graba cincel alguno como la muerte los dolores en el alma.

Cuando se ha matado, cada día es de duelo, cada hora es de pavor, cada ser que vive es un remordimiento.

Cuando se ha visto morir, cada recuerdo es una lágrima, y son todas las horas, horas de amor para los que murieron, horas de fe y de esperanza para los que aún luchan en la vida.

Hay un límite al llanto sobre la sepultura de los muertos, y es el amor infinito a la patria y a la gloria que se juraba sobre sus cuerpos, y que no teme ni se abate ni se debilita jamás—porque los cuerpos de los mártires son el altar más hermoso de la honra.

Las madres son amor, no razón; son sensibilidad exquisita y dolor inconsolable.

Es ley de los buenos ir doblando los hombros al peso de los males que redimen.

¡Los redimidos, allá en lo venidero, llevarán a su vez sobre los hombros a los redentores!

Mal puede luego alzarse a hombre el que se educa como a siervo mísero.