Honran y sirven a su pueblo los que, aun fuera de justa medida, premian en nombre de él la fe en su porvenir y la fidelidad a sus ideales.

De la transfusión de la sangre mueren los enfermos, cuando no es sangre afín.

Venérese a los hombres de religión, sean católicos o tarahumaras; todo el mundo, lacio o lanudo, tiene derecho a su plena conciencia; tirano es el católico que se pone sobre un indú, y el metodista que silba a un católico.

Hállenos de escudo suyo el criollo a quien se impida negar, y el católico a quien se impida afirmar.

El hombre sincero tiene derecho al error.

El gobierno es la equidad perfecta y la serenidad.

Cuando se va a un oficio útil, como el de poner a los hombres amistosos en el goce de la tierra trabajada—y de su idea libre, que ahorra sangre al mundo—, si sale un leño al camino, y no deja pasar, se echa el leño a un lado, o se le abre en dos y se pasa; y así se entra, por sobre el hombre roto en dos, si el hombre es quien nos sale al camino.

El hombre no tiene derecho a oponerse al bien del hombre.

Es culpable el que ofende a la libertad en la persona sagrada de nuestros adversarios, y más si los ofende en nombre de la libertad.