Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses.

Cree el soberbio que la tierra fué hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña.

La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diez y nueve siglos de monarquía en Francia.

El gobierno ha de nacer del país.

El espíritu del gobierno ha de ser del país.

La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país.

El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.

No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.

El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés.