El hombre crece tanto, que ya se sale de su mundo e influye en el otro. Por la fuerza de su conocimiento abarca la composición de lo invisible, y por la gloria de una vida de derecho llega a sus puertas seguro y dichoso.

Cuando las condiciones de los hombres cambian, cambian la literatura, la filosofía y la religión, que es una parte de ella.

Cada sacudida en la historia de un pueblo altera su olimpo.

La entrada del hombre en la ventura y ordenamiento de la libertad produce, como una colosal florescencia de lirios, la fe casta y profunda en la utilidad y justicia de la Naturaleza.

La salud de la libertad prepara a la dicha de la muerte.

Cuando se ha vivido para el hombre, ¿quién nos podrá hacer mal, ni querer mal?

La vida se ha de llevar con bravura y a la muerte se la ha de esperar con un beso.

En vano concede la Naturaleza a algunos de sus hijos cualidades privilegiadas; porque serán polvo y azote si no se hacen carne de su pueblo, mientras que si van con él, y le sirven de brazo y de voz, por él se verán encumbrados, como las flores que lleva en su cima una montaña.

Los hombres son productos, expresiones, reflejos. Viven, en lo que coinciden con su época o en lo que se diferencian marcadamente de ella; lo que flota, les empuja y pervade; no es aire sólo lo que les pesa sobre los hombros, sino pensamiento; esas son las grandes bodas del hombre: sus bodas con la patria.