—Buenos días, señor pico—dijo Meñique:—¿no está cansado de picar tan solito en esa roca vieja?

—Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti—respondió el pico.

—Pues aquí me tiene—dijo Meñique.

Y sin pizca de miedo le echó mano al pico, lo sacó del mango, los metió aparte en su gran saco de cuero, y bajó por aquellas piedras, retozando y cantando.

—¿Y qué milagro vio por allá su señoría?—preguntó Pablo, con los bigotes de punta.

—Era un pico lo que oímos—respondió Meñique, y siguió andando sin decir más palabra.

Más adelante encontraron un arroyo, y se detuvieron a beber, porque era mucho el calor.

—Yo quisiera saber—dijo Meñique—de dónde sale tanta agua en un valle tan llano como éste.

—¡Grandísimo pretencioso—dijo Pablo;—que en todo quiere meter la nariz! ¿No sabes que los manantiales salen de la tierra?

—Yo voy a ver de dónde sale esta agua.