Y los hermanos se quedaron diciendo picardías; pero Meñique echó a andar por la orilla del arroyo, que se iba estrechando, estrechando, hasta que no era más que un hilo. Y ¿qué encontró Meñique cuando llegó al fin? Pues una cáscara de nuez encantada, de donde salía a borbotones el agua clara chispeando al sol.
—Buenos días, señor arroyo—dijo Meñique;—¿no está cansado de vivir tan solito en su rincón, manando agua?
—Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti—respondió el arroyo.
—Pues aquí me tiene—dijo Meñique.
Y sin el menor susto tomó la cáscara de nuez, la envolvió bien en musgo fresco para que no se saliera el agua, la puso en su gran saco de cuero, y se volvió por donde vino, saltando y cantando.
—¿Ya sabes de dónde viene el agua?—le gritó Pedro.
—Sí, hermano; viene de un agujerito.
—¡Oh, a este amigo se lo come el talento! ¡Por eso no crece!—dijo Pablo, el paliducho.
—Yo he visto lo que quería ver, y sé lo que quería saber—se dijo Meñique a sí mismo. Y siguió su camino, frotándose las manos.