Y ante el burgués innoble, entre este vulgo ignaro, Orsi y Azorín—¡no podía ser de otro modo!—se han reconocido como dos almas superiores, y han ido en compañía de Sarrió—que también a su manera es un alma superior—a tomar unas olorosas copas de ajenjo.
*
* *
El concierto se ha celebrado en el casino. Había poca gente; era una noche plácida de estío. La niña simple se sienta al piano; Orsi coge el violoncello, y lo limpia, y lo acaricia, y arranca de él agudos y graves arpegios.
Luego se hace un gran silencio. El piano preludia unas notas cristalinas, lentas, lánguidas. Y el violoncello comienza su canto grave, sonoro, melancólico, misterioso; un canto que poco a poco se apaga como un eco formidable, mientras una voz fina surge, imperceptible, y plañe dolores inefables, y muere tenue. Es el Spirto gentil, de La Favorita. Orsi inclina la cabeza con unción; su mano izquierda asciende, baja, salta a lo largo del asta...
Cuando acaba la pieza, Orsi se levanta sudoroso y Azorín le ofrece un refresco.
—No, no, Azorín—contesta Orsi;—tengo miedo... un poquito de cognac...
El concierto vuelve a empezar. El arco pasa y repasa; el violoncello canta y gime. Un mozo discurre con una bandeja; la concurrencia se va retirando calladamente. Y el violoncello se queja discreto, sonríe irónico, parte en una furibunda nota larga.
—¡Qué calor, qué calor!—exclama Orsi cuando acaba—. Azorín a ver, un poquito de cognac...
Son las doce. El salón está casi vacío. Diminutas mariposas giran en torno a las lámparas; por los grandes balcones abiertos entra como una calma densa y profunda que se exhala del pueblo dormido, de la oscuridad que en la calle silenciosa ahoga los anchos cuadros de luz de las ventanas.
Y entonces, en ese profundo silencio, Azorín ha dicho: