—Orsi, toque usted algo de Beethoven... la última sinfonía... estamos solos...
Y Orsi ha contestado:
—Beethoven... Beethoven... Azorín, un poquito de cognac por Beethoven.
Y el violoncello, por última vez, ha cantado en notas hondas y misteriosas, en notas que plañían dolores y semejaban como una despedida trágica de la vida.
Orsi levanta la cabeza; sus ojos brillan; su mano izquierda se abate con un gesto instintivo, todo vuelve al silencio.
*
* *
Luego, en casa de Sarrió, los tres, en el misterio de la noche, ante las copas, bajo la lámpara, evocan viejos recuerdos.
—Azorín—dice Orsi—, ¿usted no conoció a Bottesini? Bottesini logró hacer con el violón lo que Sarasate con el violín. ¡Qué admirable! Yo le oí en Madrid; cuando yo le conocí llevaba un pantalón blanco a rayitas negras.
Callan un largo rato. Y después Sarrió pregunta:
—¿A que no saben ustedes lo que me sucedió a mí en Madrid una noche?