«Para socorrer la extremada necesidad en que estaban, le pareció á Ruy López era conveniente hacerse amigo con el señor de Mindanao, 50 leguas de distancia, isla más abundante; preparó un navío con 50 hombres á cargo de Bernardo de la Torre; prevínole de rescates y mercaderías; llegaron á surgir á la boca de un gran rio; era gente indómita, desabrida por los malos tratamientos de los portugueses; y así sólo hallaron engaños y traiciones; la necesidad les obligó á los nuestros á aprovecharse de las armas; acometiéronlos en un elevado fuertecillo en que, no queriendo rendirse, mataron á los defensores; dando libertad á mujeres y muchachos volvieron á Sarragan con algún bastimento. En estas estrecheces convinieron despachar un navío á Nueva España que diese noticia de lo hasta allí operado, solicitando órdenes y socorros; también despacharon una galeota á unas islas que son las que se llaman Filipinas; después, y con este nombre, las marcaron los de esta armada en honor del príncipe heredero de la Corona»..... Quiso Dios que la embarcación que fuese á las Filipinas volviese con copia de víveres: habilitados así, resolvieron ir á aquellas islas, especialmente á la de Abuyo, de que tuvieron noticia que era la más abundante; que los naturales lo deseaban y serían bien recibidos en ella: acomodáronse en un navío grande: en dos bergantines que habían construído y en otras embarcaciones menores; salió esta escuadra á la mar, el tiempo les fué tan contrario que les fué preciso entrar en una bahía ensenada de Cesárea; despachóse embarcación que solicitase víveres: volvió con el mal despacho de que al tiempo de los rescates les habían asaltado los indios y les habían muerto 11 hombres, quedando los restantes muy flacos y fatigados: la escasez era ya tal que sólo se racionaban cuatro onzas de arroz, y esta estrecha economía sólo diez días podía entretenerse».

La suerte desgraciada que acompañó siempre á Villalobos le produjo pesadumbre tan intensa, que murió en Ambonia (Malucas) después de hecho prisionero por los portugueses.

A pesar del desaliento que infundió en la península el éxito desgraciado de estas expediciones, se ordenó lo conveniente para organizar la quinta expedición á los mares del Poniente. Se organizó ésta por Miguel López de Legazpi, que se encontraba en Nueva España, con encargo de que le acompañase el sabio marino Urdaneta.

Componían la escuadra cinco buques, tripulados por 400 hombres, que salieron del puerto de Natividad el día 21 de Noviembre de 1564.

Después de tocar en Samar y Leyte despachó Legazpi una embarcación á fin de que buscase víveres en Butuam, regresando á los quince días con provisiones y la noticia de que los naturales recibirían bien á los españoles.

A pesar de las buenas disposiciones del Régulo de Butuam, Legazpi hizo rumbo para Cebú, donde quizá pensara vengar el asesinato de los españoles que acompañaban á Magallanes, pero vientos contrarios lo arrojaron á la costa de Dapitán, cuyos habitantes, boholonos en su mayor parte, agasajaron á los españoles con abundancia de provisiones y los proveyeron de prácticos que les guiasen á las islas inmediatas.

En 1578 el Gobernador general «Sande», á su vuelta de una expedición que hiciera á Borneo, destacó al Capitán Rodríguez de Figueroa á la isla de Mindanao á fin de que la redujese á la obediencia de la corona de Castilla.

Sus habitantes, amedrentados por el prestigio que nuestras armas adquirieron en aquellos mares, cedieron á cuantas condiciones les impusiera Figueroa, formalizando acta de vasallaje que estuvo en vigor el tiempo que tardaron en zarpar las naves; que el moro nunca se distinguió por la observancia de los pactos que realizara.

Deseando Figueroa dominar en absoluto á Mindanao, solicitó y le fué concedido como encomienda y por dos vidas, todos los terrenos que en la isla sometiese.

Este caudillo no llegó á disfrutar del beneficio que le fué conferido, puesto que en el primer desembarco contra los buhayanes murió de un golpe de campilán.