Y ya que del gran Lope de Vega me amparé para dar con buen pié comienzo á mi penosa jornada de hoy, los procedimientos que empleó en su ingeniosísimo soneto he de emplearlos yo en la presente ocasión, con la diferencia de que como el éxito no consiste principalmente en los procedimientos que para obtenerle se ponen en práctica, y sí en la habilidad del que hace uso de ellos, si al eximio poeta le resultó una joya literaria, á mí, prosista pedestre, me saldrá lo que quisiere Dios, á quien con cristiana y católica fe me encomiendo de todas veras.
He observado que en los prólogos se suele dar principio explicando de un modo más ó menos indirecto el por qué de ellos, y birla birlando, sin darme cuenta de ello, es lo que he hecho en los párrafos anteriores. Preséntase después el autor á los lectores, y aunque por incidencia y de un modo incompleto también, he verificado la presentación, y para completarla diré que su colaboración, buscada con empeño y empleada con utilidad en centros oficiales y por conspícuos personajes políticos que en las cuestiones referentes á nuestras provincias y colonias ultramarinas han entendido y entienden la fácil y frecuente acogida que á artículos suyos sobre estos asuntos y otros concede un importantísimo diario madrileño, y su último libro titulado Colonización de Filipinas, de que está agotada la edición, pruebas evidentes y experimentales son de la competencia del autor de este libro en las materias que en él estudia y expone. No busquéis en sus páginas retóricos aliños cuyo objetivo sean rebuscados primores de estilo; Nieto se ciñe á exponer con claridad y concisión, y á razonar con solidez y lógica, y en estos tiempos en que el buen gusto huye como del demonio de las fatigosas ampulosidades de una retórica mal empleada y de impertinentes metáforas é inútiles tropos, y se regocija con la sobriedad del lenguaje, que no está reñida, ni mucho menos, y más bien al contrario, con la elegancia, estas condiciones del autor constituyen un verdadero mérito. Y hé aquí por dónde al completar la presentación de rigor, me he deslizado á dar mi opinión sobre la forma literaria del libro.
Compete inmediatamente á todo prologuista entrar á fondo en el fondo del libro, y en ésto sí que encuentro dificultad supina, porque las Islas Filipinas y la de Mindanao solamente las conozco de oídas y leídas, ó sea de referencia, y por lo tanto no me es dado compulsar con exquisita exactitud los datos que referentes á ésta contiene el libro de Nieto, pero sí apreciar el método con que los expone y lo completos que son, y considerar como una garantía de su exactitud la circunstancia de que el terreno dominado realmente por los españoles, y todo el que ha sido teatro de las últimas campañas sostenidas contra los moros malayos, lo ha recorrido paso á paso el autor, desempeñando en una de ellas el cargo de aposentador. Desde luego resulta patente una condición esencialísima para que sea buena una obra: la de la oportunidad; toda obra humana es buena ó mala, según que sea oportuna ó no. Y lo es, á no dudar, una en que se trata de Mindanao en los momentos en que es una cuestión del día, en que se ha iniciado una campaña para hacer efectiva nuestra dominación en esa isla y en que están aplazadas las operaciones militares hasta la llegada del buen tiempo.
Cuando de nuestra antigua riqueza colonial tan sólo nos quedan las Islas Filipinas, pues Cuba y Puerto Rico no son ya colonias, sino provincias que por ley histórica, que nunca dejó de cumplirse, han de ir ganando en autonomía gradualmente, hasta quedar con respecto á su antigua metrópoli en las mismas condiciones que el Canadá respecto á Inglaterra, y de oponerse á que así sea con tenaz resistencia, nos exponemos á perderlas; cuando estas provincias, por exigencias de buenos españoles que prestaron innegables y salvadores servicios á la integridad nacional, pero que ahora hacen valer con exceso estos servicios, puede decirse que son fincas, cuyos gastos de sostenimiento sufraga España para que un partido determinado las disfrute, toda la atención de los que se interesen en el porvenir de nuestra Patria en Ultramar, y como nación colonial, debe estar fija en el Archipiélago descubierto por Legazpi, venero inagotable de riquezas de que nosotros nos beneficiamos en la más mínima parte, por estar el comercio allí en manos de chinos y alemanes, aspirantes probables, aunque remotos, á la posesión de tan fértiles territorios. He oído asegurar, y no puedo afirmar la certidumbre del aserto, que ésto se debe á la política allí sustentada de que para el prestigio del castíla sobre el indio, aquél no se ocupe nunca en trabajos manuales, por lo que allí no se tolera más españoles que á los empleados y militares. Dícese que esta intolerancia se sostiene por respetos á corporaciones religiosas, á cuyo gran patriotismo se debe lo arraigada que está en los indígenas la fidelidad á España, pues son ellas las que consideran perjudicial el establecimiento de colonias agrícolas españolas y de comercios é industrias montados por españoles, para esa veneración que el malayo filipino siente hacia el europeo nacido en la Península. Creo y he creído siempre que el verdadero prestigio en todos los países está en el que posee las riquezas obtenidas de su suelo por el trabajo que enaltece, en cuanto es el más eficaz elemento de progreso, y por eso me atrevo á calificar de absurdos y erróneos y de preocupaciones inadmisibles, procedimientos políticos basados en semejante concepto del prestigio de una raza dominadora sobre la dominada. Justo es, además, que de esa riquísima colonia, en cambio de la civilización y del progreso que nos debe, saquemos utilidades que contribuyan á remediar nuestra penuria económica; y para que éstas vayan en aumento, ningún medio mejor que fomentar su natural riqueza por procedimientos de colonización libres de preocupaciones inconcebibles y anticuadas.
Más en mengua resultaba nuestro prestigio al consentir por tanto tiempo que en una isla, como la de Mindanao, cuya riqueza forestal bastará para compensar con creces cuantos gastos se hagan con objeto de poner fin al mal que estamos enunciando, nuestra dominación fuera más bien nominal que efectiva, y los pocos indígenas acogidos á nuestra protección la tuvieran en poco, por el temor grandísimo que les imponía esa raza fanática, salvaje y sanguinaria de moros malayos, verdadera dominadora de Mindanao hasta no hace mucho.
Por eso mereciera mi aplauso las campañas realizadas en Mindanao por el hoy Teniente General Seriñá y por el General Weyler, y la emprendida actualmente por iniciativa del General Blanco. Cuando la mayoría de la prensa censuraba y achacaba á móviles mezquinos la llevada con tan feliz éxito y positivos resultados por el general Weyler, yo, que era entonces periodista a fortiori y aun director in partibus infidelium de un periódico militar, extremé la defensa de aquellas operaciones, porque estaban ya arraigadas en mí las convicciones que hoy sustento.
Estas manifestaciones mías, que concuerdan perfectamente con cuanto Nieto sostiene con valentía en sus obras, hacen más fácil y grata mi tarea de prologuista, permitiéndome exponer con entera franqueza lo que pienso en estos complejos problemas que á Mindanao se refieren.
Y creo haber cumplido con estas consideraciones por cuenta propia todos los términos de un prólogo al uso, del mismo modo que el poeta concluía su soneto diciendo:
Contad si son catorce, y está hecho.
Francisco Martín Arrúe.
Madrid 20 de Octubre de 1894.