Los Dattos suelen distinguirse de la gente del pueblo en el mayor adorno de sus vestidos, en los que usan botones dorados, y en la costumbre de llevar siempre el pañuelo en la mano y seguirle algún esclavo con la caja del bullo.

Su jerarquía religiosa se compone de los llamados Sarip y Pandita, sacerdotes que celebran las ceremonias de sus ritos en el Langa (mezquita ó camarín.) En el Sambayang (tiempo de Pascua), que dura unos siete días, está prohibido á todos los creyentes probar alimento alguno, y sólo soportan este riguroso ayuno, merced á una ligerísima colación que toman á media noche, hora en que creen dormido á su Dios; pasado este tiempo se purifican todos con un baño general, y celebran la fiesta con grandes comilonas, en las que figuran preferentemente unas sopas condimentadas con aceite de coco, llamadas Ponian y Sindo. Les está prohibido asimismo comer carne de cerdo y el uso de bebidas espirituosas.

Para los casamientos han tomado ceremonias de los primitivos habitantes, si bien, estando admitida la poligamia, toman todas las mujeres que pueden mantener. Si el pretendiente pertenece á la categoría de Bacungtao (hombre de pró), tiene que regalar á la novia de uno á seis esclavos por vía de declaración, y durante el tiempo de las relaciones, arroz, buyos, tuba, etc.; si el casamiento no se lleva á cabo puede el novio reclamar lo entregado, siempre que la culpa sea de ella, en cuyo caso recibe, además, un esclavo.

La costumbre que tienen para efectuar sus enlaces es verdaderamente especial. Cuando forman el proyecto de buscar esposa, mandan á uno de sus amigos de más representación á casa de la novia para solicitarla del padre ó pariente, el cual, oído el parecer de la pretendida y siendo favorable, contesta desde luego que puede ir el novio por ella. En su vista éste se dirige á la Mezquita y llama al Iman, en cuya compañía reza las oraciones marcadas, y luego después ambos marchan á casa de la doncella, ante la que se paran, preguntando el pretendiente desde fuera si puede entrar. El padre, que sale á la ventana, contesta afirmativamente, y en el momento de intentar el pretendiente abrir la puerta, salen todos los parientes de la doncella y se arrojan sobre él, simulando un ataque en el que ellos le amenazan y él se defiende, arrojándolos los objetos que para regalo lleva uno de sus esclavos ó servidores en un gran bolsón que contiene los presentes de la novia. Después de este paso, y cuando el campo se ha despejado, sube el novio la escalera de la casa, entrando con el Iman en la habitación donde se encuentra la señora de sus pensamientos muelle é indolentemente tendida en un cogín; preséntale él sus respetos; su acompañante, haciéndola levantar, la coge por la cabeza dándola dos vueltas á la derecha, y, finalmente, asiendo la mano del novio, la coloca sobre la frente de la novia, la que inmediatamente se cubre el rostro en señal de rubor. Retírase luego el Iman, dejándolos solos. El novio prueba á besar y abrazar á la novia, defendiéndose ésta á mordiscos y arañazos; logra él cogerla; ella chilla y huye, y así se están una hora larga, corriendo el uno en pos del otro entre las risas de ella y los juramentos de él, hasta que el padre penetra en la habitación, manifestando que puede darse por satisfecho de la pureza de su hija, y entonces el novio deja la casa para ordenar los preparativos de la boda, que empieza aquella misma noche y dura otras dos más, con grandes comidas, bromas y jaleo de los convidados. El aspecto de esta fiesta es interesantísimo en la última noche, después de la cena, hora en que se ultiman las ceremonias del enlace. La novia, en poder de sus madrinas, cambia el traje de su vida honesta por el que le lleva su señor, y mientras tanto, á los acordes de una música y el canto de los concurrentes, cuyo compás llevan todos colocados en cuclillas, golpeando el sahig (tejido de cañas del piso) con unos baquetones de madera, dos ó tres doncellas ejecutan el baile conocido por el Paujalay, que amenizan ya con dulces y provocativos balanceos, en los cuales ora tocan el suelo, ora se yerguen risueñas, dejando adivinar en sus ligeros trajes todo el incentivo de sus encantos, ó ya, en fin, con ademanes nerviosos, en cuyo espectáculo arrebatador é indescriptible se pasan las horas sin sentir, en el mayor arrobamiento.

Concluida la fiesta, el emisario primitivo conduce la doncella á la casa del señor entre la algazara y chanzonetas de los convidados, que satisfechos y llenos de gozo abandonan también la casa paterna para ir á sus hogares.

Para solicitar las concubinas se acostumbra mandar un emisario á la casa de los padres con el cris ó campilan del pretendiente, en cuyo nombre, una vez tomada la venia, contrata con la doncella las condiciones de la concesión, y seguidamente la lleva á la morada de su dueño. Cuando se trata del Sultán, el emisario, sin tomar permiso de los padres, expone á la pretendida el objeto de su comisión, que todos acatan con las mayores muestras de satisfacción, llevándose la muchacha sin otras ceremonias. En todos estos contratos, para no herir la suspicacia se procura que el mercurio sea por lo menos de la categoría de la mujer.

Con la misma facilidad llevan á efecto los enlaces que la separación de los esposos, que tiene lugar por la sola voluntad del varón, perdiendo la repudiada todo derecho al que fué su señor, el que la devuelve á su familia ó la deja en la calle abandonada á sus propios recursos. Los hijos habidos en esta unión quedan siempre con el padre, á menos que ellos quieran irse con la madre, y en ambos casos tienen derecho como los demás á la herencia de los dos.

En sus bautizos, que celebran según los ritos, acostumbran á tener grandes comilonas, cuya importancia varía según los padrinos, y uno de sus preceptos más respetado es la circuncisión, que llevan á cabo, como muchas razas filipinas, no sólo con sus descendientes, sino con todos los que hacen vida común con ellos.

Para enterrar sus difuntos tienen cementerios señalados, y la fiesta fúnebre se reduce á colocar sobre la sepultura del finado la cabeza de un pollo con un áscua encima, mientras el Pandita murmura las oraciones adecuadas.

Su legislación penal consiste en los castigos corporales y las multas, si bien, dadas las costumbres del país, la justicia se la toma por su mano cada ofendido; así, por ejemplo, el que sorprende en delito de adulterio á su mujer, es árbitro de cortarla una oreja y raparla la cabeza, degradándola á ser esclava de sus concubinas; al seductor cogido infraganti puede quitarle la vida; pero en cambio si éste se pone bajo el amparo del mandarín, paga su delito sólo con la cantidad de ocho pesos, precio bien miserable que sin embargo no le exime de purgar su falta ante el ofendido, pues siendo por principio sagrada entre ellos la venganza, y considerado cobarde el que no lava en sangre sus afrentas, queda aquél á merced de éste, que en la primera ocasión se le presenta cris en mano para cobrar su deuda.