Si después de tres siglos de lucha, hoy, que por la superioridad del armamento contamos con ventaja para combatir al enemigo, empleásemos los dilatorios elementos de tiempo y constancia, sería delatar una impotencia que estaría muy lejos de representar los enérgicos latidos de patriotismo que hoy repercuten en todo pecho español, anhelando á toda costa el engrandecimiento nacional.

Y es lógico que no creamos en el resultado de tres factores enunciados con tanta vaguedad, en cuanto á su clase ó cantidad se refiere.

Tiempo es, y no poco, los tres siglos ya transcurridos desde que por vez primera se derramara sangre española en demanda de la conquista de Mindanao.

Recursos cuantiosos, tanto en hombres como en dinero, van invertidos desde fechas remotas sin resultado positivo y Constancia bien probada fué siempre necesaria para mantener cruenta lucha con los piratas malayo-mahometanos que nos disputaban el territorio, agobiados como estábamos por los luctuosos contratiempos que en el exterior derrumbaban el poderío español, sosteniendo en estrecho bloqueo á nuestras provincias ultramarinas, aisladas y faltas así de todo recurso emanado de la metrópoli.

Por eso, ante el temor de nuevos entorpecimientos internacionales que ocurrir puedan, condenamos el dicho incierto y de vaguedad tan sospechosa como el lanzado á la opinión en la ya citada memoria:

Que tiempo, recursos y constancia van derrochados en Mindanao, y sólo cuando un destello de patriotismo, ayudado de valor á toda prueba, aunque haya sido con falta de recursos, se han conseguido allí ventajas positivas. Escasos eran los recursos de Corcuera, escasísimos los de Ferrater y Méndez Núñez en Pangalungan, y exíguos ante la magnitud de la empresa los empleados por San Feliú por orden de Seriñá para la destrucción de Talayan, terror de nuestras expediciones en el río Grande, y en todos estos casos el éxito más completo coronó el esfuerzo de aquellos héroes, que antes que de sus propios intereses y de propagar prestigios aún no conquistados se ocuparon sólo de enaltecer y rendir un justo tributo al nombre venerado de la Patria.

Enorme sería la responsabilidad de los hombres de gobierno si dejando al tiempo la obra de reducir á Mindanao, quedase ésta incompleta por los obstáculos que pudieran originar trastornos imprevistos de nuestra política exterior.

En todo lo que á Filipinas se refiere, debe obrarse con rapidez y energía, poniendo aquel Ejército en condiciones de que el nombre español sea respetado en las sangrientas luchas llamadas á derrumbar la rutinaria civilización de aquellos pueblos, nuestros vecinos en el extremo Oriente, pues si bien es verdad que dadas las condiciones especiales del natural de aquel país y su numerosa población, no sería obra difícil reunir crecido número de soldados cuando las circunstancias lo exigiesen, no es menos cierto que allí se carece en absoluto de armamento y de personal directivo, cosas ambas que no se pueden improvisar, y mucho menos teniendo en cuenta la rapidez con que hoy se ejecutan las operaciones de guerra y la enorme distancia que separa á las Filipinas de la Península.

En las actuales operaciones, como en otras anteriores, se dará el caso de que numeroso Cuerpo de Ejército, regido por un Teniente General, no cuente con Jefe alguno de la categoría marcada para el mando de sus divisiones.

En cuanto al personal de Jefes y Oficiales, se encuentra en idénticas circunstancias, puesto que no sólo es insuficiente para atender á la formación de nuevas unidades orgánicas, si así lo exigieran las necesidades y seguridad de la colonia, sino que las bajas ocurridas en campaña difícilmente pueden cubrirse, y eso dejando desatendidos otros servicios, que aunque secundarios no son menos importantes.