[1] Vieja y nueva política, págs. 22-24.
[2] Estas palabras no implican por mi parte un desdén caprichoso hacia ambos autores, que sería incorrecto. Señalan meramente un grave defecto de su obra que pudo coexistir con no pocas virtudes.
[3] Hace poco tiempo—una tarde de primavera, caminando por una galiana de Extremadura, en un ancho paisaje de olivos, a quien daba unción dramática el vuelo solemne de unas águilas, y, al fondo, el azul encorvamiento de la sierra de Gata—, quiso Pío Baroja, mi entrañable amigo, convencerme de que admiramos sólo lo que no comprendemos, que la admiración es efecto de la incomprensión. No logró convencerme, y no habiéndolo conseguido él, es difícil que me convenza otro. Hay, sí, incomprensión en la raíz del acto admirativo, pero es una incomprensión positiva: cuanto más comprendemos del genio más nos queda por comprender.
[4] Para mí el punto en que nace este concepto de la cultura mediterránea—es decir, no latina—, es el problema histórico planteado por las relaciones entre la cultura cretense y la griega. En Creta desemboca la civilización oriental y se inicia otra que no es la griega. Mientras Grecia es cretense no es helénica.
[5] Franz Wickhoff-Werke, tomo III, 52-53.
[6] Correspondence, II, 305.
[7] Verdad y Poesía, libro 6.º
[8] Cicerón—De paradox.
[9] Un amplio desarrollo de estas relaciones entre el pensar, la atención y el amor, así como de las distancias entre el amor y el impulso sexual—puede verse en el libro en preparación La estética de «Myo Cid»—capítulo VI: «Diálogo del amor a orillas del Duero».
[10] Véase en La Estética de «Myo Cid» la exposición de esta idea y un ensayo panorámico sobre la cultura de España interpretada como cultura fronteriza.