—El otro es acudir á su abogado consultor, al señor Pasta, el oráculo ante quien se inclina don Custodio.

—Prefiero eso, dijo Isagani; el señor Pasta es filipino, y fué condiscípulo de mi tío. Pero ¿cómo interesarle?

—Allí está el quid, repuso Makaraig mirando atentamente á Isagani; el señor Pasta tiene una bailarina, digo... una bordadora...

Isagani volvió á sacudir la cabeza.

—No sea usted tan puritano, díjole Juanito Pelaez; ¡el fin salva los medios! Yo conozco á la bordadora, la Matea, que tiene un taller donde trabajan muchas chicas...

—No, señores, interrumpió Isagani; acudamos antes á los medios honestos... Iré yo á presentarme en casa del señor Pasta y si nada consigo, entonces ustedes hacen lo quieran con las bailarinas y las bordadoras.

Tuvieron que acceder á la proposicion y quedaron en que Isagani hablaría aquel mismo día al señor Pasta y á la tarde daría cuenta en la Universidad á sus compañeros del resultado de la entrevista.

XV

El señor Pasta