El abogado quería aturdir al joven bajo un lujo de palabras y empezó á hablar de leyes, de decretos y tanto habló que en vez de enredar al joven, casi se enredó á sí mismo en un laberinto de citaciones.

—De ninguna manera queremos ponerle en compromiso, repuso Isagani con mucha calma; ¡líbrenos Dios de molestar en lo más mínimo á las personas cuya vida es tan útil al resto de los filipinos! Pero por poco versado que esté yo en las leyes, reales decretos, provisiones y disposiciones que rigen en nuestro pais, no creo que pueda haber mal ninguno en secundar las altas miras del gobierno, en procurar su buena interpretacion; perseguimos el mismo fin y solo divergemos en los medios.

El abogado se sonrió; el joven se dejaba llevar á otro terreno y allí le iba él á embrollar, ya estaba embrollado.

—Precisamente ahí está el quid como se dice vulgarmente; claro está que es laudable ayudar al gobierno cuando se le ayuda con sumision, siguiendo sus disposiciones, el recto espíritu de las leyes en consonancia con las rectas creencias de los gobernantes y no estando en contradicion con el primitivo y general modo de pensar de las personas que tienen á su cargo el bienestar comun de los individuos que constituyen una sociedad. Y por eso es criminal, es punible, porque es ofensivo al alto principio de autoridad, tentar una accion contraria á su iniciativa aun suponiendo que fuese mejor que la gubernamental, porque semejante hecho podría lastimar el prestigio que es la primera base sobre que descansan todos los edificios coloniales.

Y el viejo abogado, seguro de que aquella tirada había por lo menos vuelto loco á Isagani, se arrellanó en su sillon muy serio aunque riéndose por dentro.

Isagani, sin embargo, repuso:

—Yo creía que los gobiernos buscarían bases más sólidas cuanto más amenazados... La base del prestigio para los gobiernos coloniales es la más debil, porque no reside en ellos sino en la buena voluntad de los gobernados mientras quieran reconocerlo... La base justicia ó razon me parecía más duradera.

El abogado levantó la cabeza; ¿cómo? aquel joven se atrevía á replicarle y á discutir con él, él, ¿el señor Pasta? ¿No estaba todavía aturdido con sus grandes palabras?

—Joven, hay que dejar esas consideraciones á un lado pues son peligrosas, interrumpió el abogado haciendo un gesto. Lo que yo le digo á usted es que hay que dejar obrar al gobierno.

—Los gobiernos se han hecho para el bien de los pueblos, y para cumplir con su fin debidamente tienen que seguir las indicaciones de los cuidadanos que son los que mejor conocen sus necesidades.