Simoun soltó una carcajada.
—¡Ah, siñolía! ¡mia pelilo, mia luinalo! gritaba el chino dándose ligeras bofetadas con sus finas manos.
El joyero continuaba riendo.
—¡Huu! malo genti, ¡sigulo no siñola bilalelo! continuaba el chino agitando descontento la cabeza. ¿Cosa? No tiene biligüensa, más que mia chino mia siempele genti. Ah, sigulo no siñola bilalelo; ¡sigalela tiene más biligüensa!
—Le han cogido á usted, le han cogido á usted, exclamaba Simoun dándole golpecitos en el vientre.
—Y tolo mundo pile pilestalo y no pagalo, ¿cosa ese?—y contaba con sus dedos armados de largas uñas,—impelealo, opisiá, tinienti, sulalo, ah, siño Simoun, ¡mia pelilo, mia hapay!
—Vamos, menos quejas, decía Simoun; yo le he salvado de muchos oficiales que le pedían dinero... Yo les he prestado para que no le molesten á usted y sabía que no me podían pagar...
—Pelo, siño Simoun, suya pilesta opisia, mia pilesta mujé, siñola, malinelo, tolo mundo...
—¡Ya, ya las cobrará usted!
—¿Mía cobalalo? ¡Ah, sigulo suya no sabe! ¡Cuando pelilo ne juego nunca pagalo! Mueno suya tiene consu, puele obiligá, mía no tiene...