Simoun estaba pensativo.
—Oiga, chino Quiroga, dijo algo distraido: me encargo de cobrar lo que le deben los oficiales y marineros, déme usted sus recibos.
Quiroga volvió á gimotear: no le daban nunca recibos.
—Cuando vengan á pedirle dinero, envíemelos siempre á mí; yo le quiero á usted salvar.
Quiroga dió las gracias muy agradecido, pero pronto volvió á sus lamentaciones, hablaba de los brazaletes y repetía:
—¡Sigalela tiene más biligüensa!
—Carambas, decía Simoun mirando de reojo al chino como para estudiarle; precisamente necesitaba dinero y creía que usted me podía pagar. Pero todo tiene su arreglo, no quiero que usted quiebre por tan poca cosa. Vamos, un servicio y le reduzco á siete los nueve mil pesos que me debe. Usted hace entrar por la aduana todo lo que quiere, cajones de lámparas, hierros, vagilla, cobre, pesos mejicanos; ¿usted suministra armas á los conventos?
El chino afirmaba con la cabeza; pero él tenía que sobornar á muchos.
—¡Mía dale tolo á los Pales!
—Pues mire, añadió Simoun en voz baja: necesito que usted me haga entrar algunas cajas de fusiles que han llegado esta noche... quiero que los guarde en sus almacenes; en mi casa no caben todos.