Quiroga se alarmó.
—No se alarme usted, no corre usted ningun riesgo: esos fusiles se han de esconder poco á poco en ciertas casas, y luego se opera una requisa y se envían á muchos á la carcel... usted y yo podremos ganar bastante procurando á los detenidos la libertad. ¿Me entiende usted?
Quiroga vacilaba; él tenía miedo á las armas. En su mesa tenía un revolver descargado que nunca tocaba sino volviendo la cabeza y cerrando los ojos.
—Si usted no puede, acudiré á otro, pero entonces necesito mis nueve mil pesos para untar las manos y cerrar los ojos.
—¡Mueno, mueno! dijo al fin Quiroga; ¿pelo pone pileso mucha genti? manda liquisa, ¿ja?
Cuando Quiroga y Simoun volvieron á la sala encontraron en ella á los que venían de cenar, discutiendo animadamente: el champagne había soltado las lenguas y excitaba las masas cerebrales. Hablaban con cierta libertad.
En un grupo donde estaban muchos empleados, algunas señoras y D. Custodio se hablaba de una comision enviada á la India para hacer ciertos estudios sobre los calzados de los soldados.
—¿Y quiénes la forman? preguntaba una señora mayor.
—Un coronel, dos oficiales y el sobrino de S. E.
—¿Cuatro? preguntó un empleado: ¡vaya una comision! ¿y si se dividen las opiniones? ¿Son competentes al menos?