—Eso preguntaba yo, añadió otro: decía que debía ir un civil, uno que no tenga preocupaciones militares... un zapatero por ejemplo...
—Eso es, repuso un importador de zapatos; pero como no es cosa de enviar á un indio ni á un macanista y el único zapatero peninsular ha pedido tales dietas...
—Pero y ¿para qué habrán de estudiar el calzado? preguntó una señora mayor; ¡no será para los artilleros peninsulares! Los indios pueden seguir descalzos, como en sus pueblos.
—Justamente ¡y la caja economizaría más! añadió otra señora viuda que no estaba contenta de su pension.
—Pero, observen ustedes, repuso otro de los presentes, amigo de los oficiales de la comision. Es verdad que muchos indios van descalzos en sus pueblos, pero no todos, y no es lo mismo marchar á voluntad que estando en el servicio: no se puede escoger la hora, ni el canino, ni se descansa cuando se quiere. Mire usted, señora, que con el sol que hace á mediodía, está la tierra que cuece un pan. Y ande usted por arenales, por donde hay piedras, sol por arriba y fuego por abajo, y balas por delante...
—¡Cuestion de acostumbrarse!
—¡Como el burro que se acostumbró á no comer! En la presente campaña, la mayor parte de nuestras bajas son ocasionadas por heridas en las plantas de los piés... Digo lo del burro, señora, ¡lo del burro!
—Pero, hijo, replica la señora, considere usted tanto dinero perdido en suelas. Hay para pensionar á muchos huérfanos y viudas para sostener el prestigio. Y no se sonría usted, no hablo de mí que tengo mi pension aunque poca, muy poca para los servicios que prestó mi marido, pero hablo de otras que arrastran una existencia infeliz: no es justo que despues de tanta instancia para venir y despues de atravesar el mar, concluyan aquí por morirse de hambre... Lo que usted dice de los soldados será cierto, pero es el caso que cuento con más de tres años de país y no he visto á ninguno cojeando.
—En eso opino como la señora, dijo su vecina, ¿para qué darles zapatos si han nacido sin ellos?
—¿Y para qué camisa?