El P. Camorra que ya se había olvidado de Paulita, notó la intencion y preguntó á su vez:

—Y ¿á quién se parece esta otra figura, Ben Zayb?

Y se echó á reir con su risa de paleto.

Era una vieja tuerta, desgreñada, sentada sobre el suelo como los ídolos indios, planchando ropas. El instrumento estaba muy bien imitado: era de cobre, las brasas estaban hechas con oropel y los torbellinos de humo con sendos copos de algodon sucio, retorcido.

—¿Eh, Ben Zayb, no es tonto el que lo ideó? preguntaba riendo el P. Camorra.

—¡Pues, no le veo la punta! dijo el periodista.

—Pero, ¡puñales! ¿no vé usted el título, la prensa filipina? ¡Ese instrumento con que plancha la vieja, aquí se llama prensa!

Todos se echaron á reir y el mismo Ben Zayb se rió de buena gana.

Dos soldados de la Guardia Civil que tenían por letrero, civiles, estaban colocados detrás de un hombre, maniatado con fuertes cuerdas y la cara tapada con el sombrero: se titulaba el Pais del Abaká y parecía que le iban á afusilar.

A muchos de nuestros visitantes no les gustaba la exposicion. Hablaban de reglas del arte, buscaban proporciones, el uno decía que tal figura no tenía siete cabezas, que á la cara le faltaba una nariz, no tenía más que tres, lo que ponía algo pensativo al P. Camorra que no comprendía cómo una figura, para estar bien, debía tener cuatro narices y siete cabezas; otro decía que si eran musculosos, si los indios no lo podían ser; si aquello era escultura ó puramente carpintería, etc. cada cual metió su cucharada de crítica, y el P. Camorra, por no ser menos que nadie, se aventuró á pedir lo menos treinta piernas para cada muñeco. ¿Por qué, si los otros pedían narices, no iba él á pedir muslos? Y allí mismo estuvieron discutiendo sobre si el indio tenía ó no disposiciones para la escultura, si convenía fomentar dicha arte y se inició una general disputa que cortó D. Custodio diciendo que los indios tenían disposicion pero debían dedicarse esclusivamente á hacer santos.