—Cualquiera diría, repuso Ben Zayb que estaba de ocurrencias aquella noche, que ese chino es Quiroga, pero observándole bien se parece al P. Irene.

—¿Y qué me dicen ustedes de ese indio-inglés? ¡se parece á Simoun!

Resonaron nuevas carcajadas. El P. Irene se frotó la nariz.

—¡Es verdad!—¡Es verdad!—¡Si es el mismo!

—¿Pero dónde está Simoun? ¡que lo compre Simoun!

Simoun había desaparecido, nadie le había visto.

—¡Puñales! dijo el P. Camorra; ¡que tacaño es el americano! Teme que le hagamos pagar la entrada de todos en el gabinete de Mr. Leeds.

—¡Quiá! contestó Ben Zayb; lo que teme es que le comprometan. Habrá presentido la guasa que le espera á su amigo Mr. Leeds y se desentiende.

Y sin comprar el más pequeño monigote prosiguieron su camino para ver la famosa esfinge.

Ben Zayb se ofrecía á tratar la cuestion; el americano no podría desairar á un periodista que puede vengarse en un artículo desacreditador.