Y se dispuso á saltar la barrera sin pasar por la debida puerta, mientras el P. Camorra se deshacía en protestas temiendo que Ben Zayb tuviese razon.
—¿Y cómo no, señor? contestó el americano; ¿pero no me rompa nada, estamos?
El periodista estaba ya sobre el entarimado.
—¿Permite usted? decía.
Y sin aguardar el permiso, temiendo que Mr. Leeds no se lo concediese, levantó el paño y buscó los espejos que esperaba debía haber entre los piés. Ben Zayb soltó una media palabrota, retrocedió, volvió á introducir ambas manos debajo de la mesa agitándolas: se encontraba con el vacío. La mesa tenía tres piés delgados de hierro que se hundían en el suelo.
El periodista miró á todas partes como buscando algo.
—¿Dónde están los espejos? preguntó el P. Camorra.
Ben Zayb miraba y miraba, palpaba la mesa, levantaba el paño, y se llevaba de cuando en cuando la mano á la frente como para recordar algo.
—¿Se le ha perdido algo? preguntó Mr. Leeds.
—Los espejos, mister, ¿dónde están los espejos?