—Los de usted no sé donde estarán, los míos los tengo en la Fonda... ¿quiere usted mirarse? Está usted algo descompuesto y pálido.
Muchos, apesar de la impresion, al ver la calma guasona del americano se rieron y Ben Zayb muy corrido volvió á su asiento, murmurando:
—No puede ser; verán ustedes como no lo hace sin espejos; tendrá luego que cambiar de mesa...
Mr. Leeds volvió á colocar el paño sobre la mesa y dirigiéndose á los ilustres curiosos les preguntó:
—¿Están ustedes satisfechos? ¿podemos empezar?
—¡Anda, que tiene flema! dijo la señora viuda.
—Pues tomen asiento las señoras y señores y piensen en lo que quieran preguntar.
Mr. Leeds desapareció por una puerta y al cabo de algunos segundos volvió con una caja de madera oscura, carcomida, con algunas inscripciones representadas por aves, mamíferos, flores, cabezas humanas, etc.
—Señoras y señores, dijo Mr. Leeds con cierta gravedad: visitando una vez la gran pirámide de Khufu, faraon de la cuarta dinastía, dí con un sarcófago de granito rojo, en un aposento olvidado. Mi gozo fué grande creyendo encontrarme con una momia de la familia real, mas, cual no sería mi desencanto cuando, abierto el sarcófago despues de infinitos trabajos, no encontré más que esta caja que ustedes pueden examinar.
Y paseó la caja á los que estaban en primera fila. El P. Camorra echó el cuerpo hácia atrás como si tuviese asco, el P. Salví la miró de cerca como si le atrajesen las cosas sepulcrales; el P. Irene sonreía con la sonrisa del inteligente; D. Custodio afectaba gravedad y desden, y Ben Zayb buscaba su espejo; allí debía estar, pues de espejos se trataba.