—Riquísima, elegante, graciosa, sin más defectos que una tía ridícula, añadió Basilio riendo.
Isagani se rió á su vez.
—A propósito de la tía, ¿sabes que me ha encargado busque á su marido?
—¿Doña Victorina? ¿Y tú se lo habrás prometido para que te conserve la novia?
—¡Naturalmente! pero es el caso que el marido se esconde precisamente... ¡en casa de mi tío!
Ambos se echaron á reir.
—Y hé aquí, continuó Isagani, el por qué mi tío que es un hombre muy concienzudo, no ha querido entrar en la cámara, temeroso de que doña Victorina le pregunte por don Tiburcio. ¡Figúrate! Doña Victorina, cuando supo que yo era pasagero de proa, me miró con cierto desprecio...
En aquel instante bajaba Simoun y al ver á los dos jóvenes,
—¡Adios, don Basilio!, dijo saludando en tono protector, ¿se va de vacaciones? ¿El señor es paisano de usted?
Basilio presentó á Isagani y dijo que no eran compoblanos, pero que sus pueblos no distaban mucho. Isagani vivía á orillas del mar en la contra costa.