Simoun examinaba á Isagani con tanta atencion, que molestado éste se volvió y le miró cara á cara con un cierto aire provocador.
—Y ¿qué tal es la provincia? preguntó Simoun volviéndose á Basilio.
—¿Cómo, no la conoce usted?
—¿Cómo diablos la he de conocer si no he puesto jamás los piés en ella? Me han dicho que es muy pobre y no compra alhajas.
—No compramos alhajas porque no las nececitamos, contestó secamente Isagani, picado en su orgullo de provinciano.
Una sonrisa se dibujó en los pálidos labios de Simoun.
—No se ofenda usted joven, repuso, yo no tenía ninguna mala intencion pero como me habían asegurado que casi todos los curatos estaban en manos de clérigos indios, yo me dije: los frailes se mueren por un curato y los franciscanos se contentan con los más pobres, de modo que cuando unos y otros los ceden á los clérigos, es que allí no se conocerá jamás el perfil del rey. ¡Vaya señores, vénganse ustedes á tomar conmigo cerveza y brindaremos por la prosperidad de su provincia!
Los jóvenes dieron las gracias y se escusaron diciendo que no tomaban cerveza.
—Hacen ustedes mal, repuso Simoun visiblemente contrariado; la cerveza, es una cosa buena, y he oido decir esta mañana al P. Camorra que la falta de energía que se nota en este país se debe á la mucha agua que beben sus habitantes.
Isagani que casi era tan alto como el joyero, ¡se irguió!