La música cesó, se fueron los hombres, volvieron poco á poco las mujeres y empezó entre ellas un diálogo del que nada comprendieron nuestros amigos. Estaban hablando mal de una ausente.
—¡Parecen los macanistas de la pansitería! observó Pecson en voz baja.
—¿Y el cancan? preguntó Makaraig.
—¡Están discutiendo el sitio más á propósito para bailarlo! repuso gravemente Sandoval.
—¡Parecen los macanistas de la pansitería! repitió Pecson disgustado.
Una señora, acompañada de su marido, entraba en aquel momento y ocupaba uno de los dos palcos vacíos. Tenía el aire de una reina y miraba con desden á toda la sala como si dijese: «¡He llegado más tarde que todas vosotras, monton de cursis y provincianas, he llegado más tarde que vosotras!» En efecto personas hay que van á los teatros como los burros en una carrera: gana el que llega el último. Hombres muy sensatos conocemos que primero subían al patíbulo que entraban en el teatro antes del primer acto. Pero el gozo de la dama fué de corta duracion; había visto el otro palco que continuaba vacío; frunció las cejas, y se puso á reñir á su cara mitad armando tal escándalo que muchos se impacientaron.
—¡Sst! ¡sst!
—¡Los estúpidos! ¡como si entendieran el francés! dijo la dama mirando con soberano desprecio á todas partes y fijándose en el palco de Juanito de donde creyó oir partir un imprudente sst.
Juanito en efecto era culpable; desde el principio se las echaba de entender todo y se daba aires, sonriendo, riendo y aplaudiendo á tiempo como si nada de lo que decían se le escapase. Y eso que no se guiaba de la mímica de los artistas porque miraba apenas hácia la escena. El truhan decía muy intencionadamente á Paulita, que, habiendo mujeres muchísimo más hermosas, no quería cansarse mirando á lo lejos... Paulita se ruborecía, se cubría la cara con el abanico y miraba de hurtadillas hacía donde estaba Isagani, que sin reirse ni aplaudir presenciaba distraido el espectáculo.
Paulita sintió despecho y celos; ¿se enamoraría Isagani de aquellas provocadoras actrices? Este pensamiento la puso de mal humor y apenas oyó las alabanzas que doña Victorina prodigaba á su favorito.