—¿Y qué dice el P. Irene? preguntó Pecson.
—Lo mismo que don Custodio, ¡y el pillo todavía se atrevió á felicitarme! La comision que ha hecho suyo el dictamen del ponente, aprueba el pensamiento y felicita á los estudiantes por su patriotismo y deseo de aprender...
—¿Entonces?
—Solo que, considerando nuestras ocupaciones, y á fin, dice, de que no se malogre la idea, entiende que debe encargarse de la direccion y ejecucion del pensamiento una de las corporaciones religiosas, ¡en el caso de que los dominicos no quieran incorporar la academia á la Universidad!
Exclamaciones de desengaño saludaron estas palabras: Isagani se levantó, pero no dijo nada.
—Y para que se vea que participamos en la direccion de la academia, continuó Makaraig, se nos comete la cobranza de las contribuciones y cuotas, con la obligacion de entregarlas despues al tesorero que designará la corporacion encargada, el cual tesorero nos librará recibos...
—¡Cabezas de barangay entonces! observó Tadeo.
—Sandoval, dijo Pecson, allí está el guante, ¡á recogerlo!
—¡Puf! ese no es ningun guante, pero por el olor parece un calcetin.
—Y lo más gracioso, continuó Makaraig, es que el P. Irene nos recomienda celebremos el hecho con un banquete ó una serenata con antorchas, ¡una manifestacion de los estudiantes en masa dando gracias á todas las personas que en el asunto han intervenido!