—¡Ay! dijo Basilio, juntando las manos; llega usted tarde, ¡demasiado tarde!

—Y ¿por qué? preguntó Simoun frunciendo las cejas.

—¡María Clara se ha muerto!

Simoun se levantó de un salto y se abalanzó al joven.

—¿Se ha muerto? preguntó con acento terrible.

—Esta tarde, á las seis; ahora debe estar...

—¡No es verdad! rugió Simoun pálido y desencajado, ¡no es verdad! María Clara vive, ¡María Clara tiene que vivir! Es un pretesto cobarde... no se ha muerto, ¡y esta noche la he de libertar ó mañana muere usted!

Basilio se encogió de hombros.

—Hacía días que se puso mala y yo iba al convento para tener noticias. Mire usted, aquí esta la carta del P Salví que trajo el P. Irene. Capitan Tiago estuvo llorando toda la noche, besando y pidiendo perdon al retrato de su hija hasta que concluyó por fumarse una enorme cantidad de opio... Esta tarde han tocado sus agonías.

—¡Ah! esclamó Simoun, y cogiéndose la cabeza con ambas manos se quedó inmovil.