Se acordaba de haber oido en efecto el toque de agonías mientras rondaba en los alrededores del convento.
—¡Muerta! murmuró en voz tan baja como si hablase una sombra, ¡muerta! muerta sin haberla visto, muerta sin saber que vivía por ella, muerta sufriendo...
Y sintiendo que una tempestad horrible, una tempestad de torbellinos y truenos sin gota de lluvia, sollozos sin lágrimas, gritos sin palabras, rugía en su pecho é iba á desbordarse como lava candente largo tiempo comprimida, salió precipitadamente del cuarto. Basilio le oyó bajar las escaleras con paso desigual, atropellado; oyó un grito ahogado, grito que parecía anunciar la llegada de la muerte, profundo, supremo, lúgubre, tanto que el joven se levantó de su silla, pálido y tembloroso, pero oyó los pasos que se perdían y la puerta de la calle que se cerraba con estrépito.
—¡Pobre señor! murmuró, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Y sin acordarse de estudiar, con la mirada vaga en el espacio estuvo pensando en la suerte de aquellos dos séres, el uno joven, rico, ilustrado, libre, dueño de sus destinos, con un brillante porvenir en lontananza, y ella, hermosa como un ensueño, pura, llena de fé y de inocencia, mecida entre amores y sonrisas, destinada á una existencia feliz, á ser adorada en familia y respetada en el mundo, y sin embargo, de aquellos dos séres llenos de amor, de ilusiones y esperanzas, por un destino fatal él vagaba por el mundo arrastrado sin cesar por un torbellino de sangre y lágrimas, sembrando el mal en vez de hacer el bien, abatiendo la virtud, y fomentando el vicio, mientras ella se moría en las sombras misteriosas del claustro, donde buscára paz y acaso encontrára sufrimientos, ¡donde entraba pura y sin mancha y espiraba como una ajada flor!...
¡Duerme en paz, hija infeliz de mi desventurada patria! ¡Sepulta en la tumba los encantos de tu juventud, marchita en su vigor! ¡Cuando un pueblo no puede brindar á sus vírgenes un hogar tranquilo, al amparo de la libertad sagrada; cuando el hombre solo puede legar sonrojos á la viuda, lágrimas á la madre y esclavitud á los hijos, haceis bien vosotras en condenaros á perpétua castidad, ahogando en vuestro seno el gérmen de la futura generacion maldita! ¡Ah, bien hayas tú que no te has de estremecer en tu tumba oyendo el grito de los que agonizan en sombras, de los que se sienten con alas y están encadenados, de los que se ahogan por falta de libertad! Vé, vé con los sueños del poeta á la region del infinito, sombra de mujer vislumbrada en un rayo de luna, murmurada por las flexibles ramas de los cañaverales... ¡Feliz la que muere llorada, la que deja en el corazon del que la ama una pura vision, un santo recuerdo, no manchado por mezquinas pasiones que fermentan con los años! ¡Vé, nosotros te recordaremos! ¡En el aire puro de nuestra patria, bajo su cielo azul, sobre las ondas del lago que aprisionan montanas de zafiro y orillas de esmeralda; en sus cristalinos arroyos que sombrean las cañas, bordan las flores y animan las libélulas y mariposas con su vuelo incierto y caprichoso como si jugasen con el aire; en el silencio de nuestros bosques, en el canto de nuestros arroyos, en la lluvia de brillantes de nuestras cascadas, á la luz resplandeciente de nuestra luna, en los suspiros de la brisa de la noche, en todo en fin que evoque la imágen de lo amado, te hemos de ver eternamente como te hemos soñado, bella, hermosa, sonriente como la esperanza, pura como la luz, y sin embargo, triste y melancólica contemplando nuestras miserias!
XXIV
Sueños
¡Amor, qué astro eres?