XXVII
El fraile y el filipino
Vox populi, vox Dei.
Hemos dejado á Isagani arengando á sus amigos. En medio de su entusiasmo, se le acercó un capista para decirle que el P. Fernandez, uno de los catedráticos de ampliacion, le quería hablar.
Isagani se inmutó. El P. Fernandez era para él persona respetabilísima: era el uno que él esceptuaba siempre cuando de atacar á los frailes se trataba.
—Y ¿qué quiere el P. Fernandez? preguntó.
El capista se encogió de hombros; Isagani de mala gana le siguió.
El P. Fernandez, aquel fraile que vimos en Los Baños, esperaba en su celda grave y triste, fruncidas las cejas como si estuviese meditando. Levantóse al ver entrar á Isagani, le saludó dándole la mano, y cerró la puerta; despues se puso á pasear de un estremo á otro de su aposento. Isagani de pié esperaba á que le hablase.
—Señor Isagani, dijo al fin en voz algo emocionada; desde la ventana le he oido á usted perorar porque, como tísico que soy, tengo buenos oidos, y he querido hablar con usted. A mí me han gustado siempre los jóvenes que se espresan claramente y tienen su manera propia de pensar y obrar, no me importa que sus ideas difieran de las mías. Ustedes, por lo que he oido, han tenido anoche una cena, no se escuse usted...
—¡Es que yo no me escuso! interrumpió Isagani.